San Agustín (354-430) llevó una juventud de excesos, placeres y búsquedas equivocadas. Pero gracias a las oraciones de su madre, Santa Mónica, y a la predicación de San Ambrosio, su vida dio un giro inesperado.
Un día, al abrir al azar la Palabra de Dios, encontró el pasaje de Romanos 13: “Revestíos del Señor Jesucristo”.
Ese momento marcó su conversión total: fue bautizado, abrazó la fe, y se convirtió en uno de los santos y doctores más grandes de la Iglesia.
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