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sábado, 23 de agosto de 2025

Reflexión sobre el Evangelio dominical. 24 de agosto de 2025

El mensaje de este domingo es para todos una invitación a la conversión radical del corazón, a fin de conquistar el reino, porque solamente los esforzados le darán alcance. Necesitamos convertirnos urgentemente; mañana puede ser tarde.

Primera lectura: Isaías 66, 18-21 (Jerusalén será centro de irradiación y atracción)

El último capítulo del libro de Isaías es un cuadro grandioso de la universalidad de la salvación. En los finales todos tendrán entrada libre al templo de Yavé. Aquí se manifiesta la voluntad salvífica de Dios. 

Segunda lectura: Hebreos 12, 5-7. 11-13 (El Señor corrige al que ama)

Dios permite que recaigan pruebas sobre los cristianos. Dios nos corrige y purifica por el bien de nosotros y de la iglesia. Él es un padre preocupado y amoroso.

Tercera lectura: Lucas 13, 22-30 (Puerta que se abre para unos y se cierra para otros)


El mensaje global del Evangelio de hoy, más que el número de los salvados e incluso que la dificultad misma para salvarse, como podría sugerir la imagen de la puerta estrecha, es la oferta universal de salvación por parte de Dios.
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“Para entender correctamente la invitación a «entrar por la puerta estrecha», hemos de recordar las palabras de Jesús que podemos leer en el evangelio de Juan: «Yo soy la puerta; si uno entra por mí será salvo» (Juan 10,9). Entrar por la puerta estrecha es «seguir a Jesús»; aprender a vivir como él; tomar su cruz y confiar en el Padre que lo ha resucitado. En este seguimiento a Jesús, no todo vale, no todo da igual; hemos de responder al amor del Padre con fidelidad. Lo que Jesús pide no es rigorismo legalista, sino amor radical a Dios y al hermano. Por eso, su llamada es fuente de exigencia, pero no de angustia. Jesucristo es una puerta siempre abierta. Nadie la puede cerrar. Sólo nosotros si nos cerramos a su perdón”. (J.A.Pagola)

1.– La puerta estrecha. En las antiguas ciudades amuralladas, había grandes puertas que estaban abiertas durante el día y por donde entraban los camellos cargados de toda clase de mercancías. Y estas puertas se cerraban por la noche. Pero había una escondida muy pequeña por donde sólo podían entrar las personas. Esta es la puerta estrecha. No se puede atravesar  cargado de dinero o de mercancías materiales.  Hay que ir ligeros de equipaje, como decía el Señor: “No llevéis nada por el camino: ni alforja ni bolsa” (Lc. 10,4).   Entonces, ¿qué debemos llevar? Un solo libro: el evangelio hecho vida, al estilo de María. Esa es la “puerta estrecha” que ha abierto tantas puertas a tantas personas. A los que viven el evangelio, al pasar por la “estrecha puerta de la muerte”, se les concede abrir otra puerta que ya nadie puede cerrar. (Apo. 3,7).  Es la puerta grande y universal que nos lleva a la  Resurrección. Una puerta a la esperanza, al amor, a la ilusión, al gozo eterno y verdadero.

2.- ¿Quién estará detrás de la puerta? La pregunta que le hicieron a Jesús en este evangelio era sobre números. ¿Son muchos los que se salvan? Jesús no está demasiado preocupado por los números. Jesús no entra en las cuestiones superficiales de las escuelas de los escribas y fariseos de entonces. A Jesús le encanta hablar de un Padre maravilloso que “hace salir el sol sobre buenos y malos y manda su lluvia sobre justos y pecadores” (Mt. 5,45).  A Jesús le interesa que todo el mundo se entere de lo bueno que es ese Padre que disfruta cuando están todos sus hijos alrededor de su mesa. A los discípulos también les interesaban preguntas semejantes: “Señor, cuando sucederá eso?  Estaban interesados por el tiempo. Tampoco eso le preocupa demasiado a Jesús. “Nadie sabe nada. Es algo que se ha reservado el Padre” (Mt. 24,16). Detrás de la “puerta estrecha de la muerte” habrá un Padre “que nos sorprenderá”. Nos sorprenderá porque será mucho más maravilloso de lo que aquí habíamos soñado. Aquí sólo lo podíamos ver a través de “sombras y espejos. Allí le veremos cara a cara” (1Cor. 13,12).

3.- Y vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el reino de Dios. El evangelio termina con una llamada a la “universalidad”. Por parte de Dios nadie puede estar excluido de la casa y de la mesa. El orgullo de un padre es ver a todos sus hijos alrededor de una mesa. Y la gloria del Padre, el orgullo de nuestro Padre Dios, es poder compartir con todos sus hijos “el vino de la alegría” en la mesa de su reino.  Este deseo de Dios nos debe incentivar a todos los que nos denominaos cristianos a ser cristianos de verdad y no de apariencias. Y vivimos en la verdad cuando intentamos ser coherentes entre lo que creemos y lo que vivimos. Más aún, en este mundo nuestro tan alejado de lo religioso, debemos dar testimonio de nuestra fe. La gente no nos va a preguntar por lo que sabemos de Dios. Pero sí les interesa que les digamos “a qué sabe Dios”. La gente necesita saber que con Jesús se vive muy  bien, que  es el “sentido de la vida”. Nos ha hablado de Dios desde la experiencia personal que Él ha tenido y, como resumen,  sólo nos ha dejado una palabra: “Abbá”. Dios es un Papá maravilloso, encantador, comprensivo y perdonador. Como Padre sólo le interesa vernos felices.

 

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