domingo, 5 de octubre de 2025

EL PROCESO MULTIDIMENSIONAL DE LA ELABORACIÓN DEL DUELO

 


El impacto del sufrimiento de fuerte intensidad, “ipso facto”, nos debe hacer entrar en un trabajo de duelo. Sufrimiento es lo que la herida hace con el doliente. Abordaje de Duelo es lo que el doliente hace con la herida.

El tratamiento de duelo es difícil para el doliente, porque aparece como paradójico, antitético a la tendencia espontánea a retener la cosa, bien o persona amada, para no “perderla”; implica afrontar las tres dimensiones básicas de la vida: el amor, el sufrimiento y la muerte; introducirse en el misterio de la persona y de la muerte, en el misterio del difunto y en el misterio de Dios; ponerse en movimiento para asumir, afrontar y elaborar el sufrimiento, desde un proyecto esperanzador. Ya los clásicos manifestaban que para consolar en un duelo hay varias actuaciones: 1) olvidar, por tanto, una tarea de la memoria; 2) restituir lo perdido, adquiriendo otro bien; 3) ir a la raíz del sufrimiento y del sufriente mismo, profundizando en la cosmovisión del sentido de la vida y de la muerte; combatiendo la pena de raíz; es decir, ir a la esencia de lo que realmente ocasiona el sufrimiento, no sólo al mero alivio de un consuelo emocional.

El duelo, que es un proceso para sanar, sanear y salvar a la persona en sufrimiento por pérdidas o muerte, es un fenómeno altamente transversal a nivel de cada persona, pues repercute en todas y cada una de sus dimensiones (corporal, emocional, mental, social, valórica y espiritual-religiosa), metiendo el dedo en la llaga de las zonas más oscuras de la existencia humana; a nivel de todas las personas, pues afecta a todos sin excepción; en todas las edades de la vida; a nivel familiar y social; a nivel del misterio del sufrimiento humano y del mismo misterio cristiano incardinado en la pasión, muerte, duelo y resurrección de Jesús; a nivel de relación fe-sufrimiento, suscitando las cuestiones más lacerantes a la fe; en fin, a nivel de los tiempos vitales: antes de la muerte, en la muerte y después de la muerte.

 “Sufrimiento” es la reacción natural que se produce en el interior del doliente ante una causa, tanto externa como interna, que lo haya provocado. Mientras que “duelo” es el trabajo que debe hacer el doliente sobre sí mismo para sanar su sufrimiento.

En el mundo físico humano, la reacción corporal ante, por ejemplo, un traumatismo, es el dolor; y la sanación de ese dolor viene de la mano de un tratamiento. Pues bien, sufrimiento (mundo interior) equivale a dolor (mundo físico), al igual que duelo (mundo interior) equivale a tratamiento (mundo físico). En los dos ámbitos, lo que se busca es la sanación del doliente.

También conviene diferenciar entre “estar en duelo” y “hacer el duelo”.

“Estar en duelo” es propiamente un estado vivencial natural, sufriente o no, pero también puede significar el estado pasivo e incluso de victimismo ante el sufrimiento. En cambio, “hacer el duelo” es la actitud y aptitud de afrontamiento. En el proceso activo y asumido del duelo la persona “se trabaja” en todas sus dimensiones, en una sana elaboración del sufrimiento, poniendo mucha voluntad, con opciones y acciones positivas. Por ello, tal vez, podríamos hablar de “doliente” (el que sufre en un duelo pasivo) y “dueliente” (el que activamente asume el proceso del duelo).

El tratamiento de duelo es, ante todo, personal, íntimo, idiosincrásico, propio del doliente, pero con aspectos sociales-comunitarios relevantes. «El duelo es la expresión social de la inadaptación del hombre a la muerte, pero al mismo tiempo es también el proceso social de adaptación tendente a restañar la herida de los individuos supervivientes». De hecho, es bueno recordar que no se puede vivir sin sufrir, no se puede (no se debe) sufrir sin esperanza y no llega la esperanza si no hay apertura al futuro, a los otros, a Dios.

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