Hoy
celebramos una de las fiestas más hermosas, alegres y esperanzadoras del año
litúrgico: la Solemnidad de Todos los Santos.
A menudo,
cuando pensamos en los santos, nos vienen a la mente las imágenes de los
altares, las estatuas de las iglesias o los grandes héroes de la fe que
realizaron milagros extraordinarios o sufrieron el martirio. Sin embargo, la
fiesta de hoy no mira únicamente a esos santos con nombre y apellido conocidos
por todos. Hoy miramos al cielo y contemplamos a una multitud inmensa,
imposible de contar, de todas las naciones, razas, pueblos y lenguas.
¿Quiénes son
ellos? Son lo que el Papa Francisco ha llamado con ternura la santidad de la
puerta de al lado. Son nuestros abuelos que mantuvieron la fe con paciencia,
los padres que se sacrificaron día a día por sus familias, los enfermos que
ofrecieron su dolor con una sonrisa, los vecinos silenciosos que hicieron el
bien sin hacer ruido. Hoy es la fiesta de nuestra familia del cielo, de
aquellos santos anónimos que compartieron nuestra vida, nos sostuvieron con su
ejemplo y hoy ya gozan de la presencia de Dios.
Esta fiesta nos deja dos grandes
mensajes que deben transformar nuestro corazón:
En primer lugar, los santos nos recuerdan que el
cielo es real y que nuestro destino final es la felicidad eterna. En un mundo
que a veces parece perder el rumbo, sumido en el pesimismo, el cansancio o la
desesperanza, la multitud celestial nos grita: ¡Ánimo, vale la pena seguir a
Cristo! La meta existe, el camino tiene sentido y la victoria final es del amor
de Dios. Ellos no están lejos; nos acompañan, nos comprenden y su intercesión
nos sostiene en las dificultades cotidianas.
En segundo lugar, hoy recordamos que la santidad no
es el privilegio de una élite espiritual ni una meta inalcanzable para héroes
perfectos. La santidad es la vocación universal de todo bautizado. Ser santo no
significa no equivocarse nunca, sino levantarse siempre con la ayuda de la
misericordia de Dios. Significa vivir la vida ordinaria con un amor
extraordinario.
¿Y cuál es el mapa para no perdernos
en este camino? Jesús mismo nos lo ha entregado hoy en el Evangelio: las
Bienaventuranzas.
Las
Bienaventuranzas son el verdadero perfil del cristiano, el carné de identidad
del santo. Jesús nos dice hoy que son dichosos, que son felices los limpios de
corazón, los que trabajan por la paz, los misericordiosos, los que tienen
hambre y sed de justicia, e incluso los que sufren persecución por hacer el
bien. El mundo nos dice que para ser felices hay que tener éxito, poder, dinero
y placer a toda costa. Jesús le da la vuelta a los criterios del mundo y nos
propone la lógica del amor, del servicio y de la confianza total en el Padre.
Vivir las
bienaventuranzas es el camino de la santidad cotidiana. Ser santo es consolar
al que sufre, ser paciente con el que nos molesta, compartir el pan con el
necesitado y sembrar paz allí donde hay división. Cada pequeña fidelidad a las
exigencias de nuestro bautismo nos acerca un paso más al cielo.
Hermanos, no
tengamos miedo de la santidad. Dejémonos tocar por la gracia de Dios y
transformar por el Espíritu Santo. Al contemplar hoy a esa inmensa nube de
testigos que nos alientan desde el cielo, renovemos nuestro deseo de caminar
con alegría. Que la Virgen María, Reina de todos los Santos, y el ejemplo de
tantos hermanos que ya han vencido nos guíen para que un día podamos unirnos a
ellos en el banquete eterno del Reino.
Amén.












