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lunes, 21 de septiembre de 2026
Fiesta de San Mateo, Apóstol y Evangelista | Fiesta de la Vendimia Riojana
El vino de la misericordia y el fruto de nuestra tierra
Lectio Divina: 21 de septiembre de 2026
“Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores”
San Mateo

1.- Introducción.
Señor, hoy quiero ir a la oración con los ojos limpios, sin prejuicios. Los fariseos y judíos de entonces no podían ver con buenos ojos a los que colaboraban con los romanos en la recaudación de los impuestos. Eran considerados como enemigos del pueblo y ladrones. Tú, Jesús, conocías todo eso, pero sabías mirar a las personas por dentro, por encima de las circunstancias y de los cargos que representaban. Para Ti, todos somos hijos de Dios.
2.- Lectura reposada del evangelio Mateo 9, 9-13
Cuando se iba de allí, al pasar vio Jesús a un hombre llamado Mateo, sentado en el despacho de impuestos, y le dice: «Sígueme». Él se levantó y le siguió. Y sucedió que estando Él a la mesa en casa de Mateo, vinieron muchos publicanos y pecadores, y estaban a la mesa con Jesús y sus discípulos. Al verlo los fariseos decían a los discípulos: «¿Por qué come vuestro maestro con los publicanos y pecadores?» Mas Él, al oírlo, dijo: «No necesitan médico los que están fuertes sino los que están mal. Id, pues, a aprender qué significa aquello de: Misericordia quiero, y no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores».
3.- Qué me dice el texto.
Meditación-reflexión.
San Mateo era un cobrador de impuestos, un pecador ante los ojos de todo el pueblo. Sólo Jesús fue capaz de ver más allá de sus pecados y vio a un hombre. Un hombre que podía hacer mucho por el Reino de los Cielos. Y le llamó con todo el amor y misericordia de su corazón para ser uno de sus apóstoles, de sus íntimos.
¡Qué bonitas estas palabras del evangelio!: “Vio Jesús a un hombre”. Lo que explica todo en los relatos de vocación es “la mirada de Jesús”. Es muy difícil decir no a Jesús después de mirarte. Es una mirada cariñosa, penetrante, limpia, sin prejuicios. Es una mirada de amor que penetra, seduce, cautiva. Lo que ve Jesús es “la persona”. No ve ni le interesa ver las circunstancias de esta persona. Ni siquiera le importan sus pecados. La mirada de Jesús nunca se detiene en el pasado de esa persona. Es una mirada creativa, le interesa lo que puede ser, lo que esa persona está llamada a ser. Es curioso que aquel hombre, llamado Mateo, “estaba sentado”. Estaba anclado en su trabajo, feliz con su trabajo, bastante rentable. Y, con sólo mirarle Jesús, “se levantó y le siguió”. Sólo la mirada de Jesús nos puede levantar de nuestros pecados, de nuestras frustraciones, de nuestra pasividad, de nuestra pereza. ¡Si supiéramos dejarnos mirar por Jesús!… Lo primero que hace Mateo es “invitarle a comer”. Necesita celebrar ese encuentro, darle gracias, por haberse fijado en él a pesar de ser corrupto y colaboracionista de los romanos. Jesús no le ha recriminado nada, no le ha tenido en cuenta su pasado, y ha tenido la delicadeza de llamarlo para ser su apóstol. Los fariseos protestan. Jesús les dice que ha venido a curar a los enfermos y perdonar a los pecadores. Y este “colaborador de los romanos” hasta ahora, desde aquí en adelante, va a ser mi propio colaborador, mi apóstol, mi amigo, mi confidente.
Palabra del Papa
“Jesús acoge en el grupo de sus íntimos a un hombre que, según la concepción de Israel en aquel tiempo, era considerado un pecador público. En efecto, Mateo no sólo manejaba dinero considerado impuro por provenir de gente ajena al pueblo de Dios, sino que además colaboraba con una autoridad extranjera, odiosamente ávida, cuyos tributos podían ser establecidos arbitrariamente. Por estos motivos, todos los Evangelios hablan en más de una ocasión de «publicanos y pecadores», de «publicanos y prostitutas». Además, ven en los publicanos un ejemplo de avaricia: sólo aman a los que les aman y mencionan a uno de ellos, Zaqueo, como «jefe de publicanos, y rico», mientras que la opinión popular los tenía por «hombres ladrones, injustos, adúlteros». Ante estas referencias, salta a la vista un dato: Jesús no excluye a nadie de su amistad. Es más, precisamente mientras se encuentra sentado a la mesa en la casa de Mateo-Leví, respondiendo a los que se escandalizaban porque frecuentaba compañías poco recomendables, pronuncia la importante declaración: «No necesitan médico los sanos sino los enfermos; no he venido a llamar a justos, sino a pecadores». Benedicto XVI, 30 de agosto de 2006.
4.- Qué me dice hoy a mí este texto ya meditado. (Silencio)
5.-Propósito. Agradecer el día en que Jesús me miró.
6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.
Gracias, Jesús, por haberme llamado. Gracias porque, estando sentado en el sillón de mi comodidad, de mi frivolidad, de mi pereza, has sido capaz de levantarme. ¿Qué hubiera sido de mi vida sin tu mirada? Tu mirada me ha hecho bondadoso, amable, responsable, solidario. Yo soy lo que soy por el milagro de tu mirada.
sábado, 19 de septiembre de 2026
San Jerónimo Hermosilla y Aransay (19 de Septiembre)
Jerónimo Hermosilla y Aransay (Santo Domingo de la Calzada, La Rioja, España, 30 de septiembre de 1800[1] - Hai-Duong, Vietnam, 1 de noviembre de 1861[1]). Obispo santo y mártir dominico. Fue canonizado por la Iglesia católica como san Jerónimo Hermosilla en 1988.
Vida
Fue el menor de los nueve hijos de Agustín Julián Hermosilla y Sáenz y de Catalina Aransay, quienes disponían de pocos recursos. Su padre falleció teniendo él 10 años, por lo que su madre padeció penurias para sostener a la familia, trabajando como ama de llaves para el sacerdote, de quien Jerónimo sería su ayudante.[2] Viviría en la localidad de Cordovín entre 1809 y 1814.[3]
A los 15 años residió en el arzobispado de Valencia, donde servía su hermano Millán,[2] ingresando en el Seminario Diocesano de Valencia, donde sería cautivado por algunos de sus profesores Dominicos, pidiendo en 1819 su admisión en el Convento de Santo Domingo de Valencia, perteneciente a dicha orden.[2]
En 1820 se ve obligado a interrumpir sus estudios eclesiásticos para alistarse en las tropas del monarca Fernando VII. En 1823 al término del Trienio Liberal reanudó el noviciado en la orden dominica.
En 1824 se trasladó con otros compañeros a Manila, capital de Filipinas. Allí cursó estudios de teología y recibió el sacramento del Orden como presbítero en 1828.
En 1829 fue enviado a Tonkín en el norte del actual Vietnam como misionero, donde aprendería el lenguaje local y realizaría una labor docente con los catequistas locales y colaboraría con las religiosas dominicas.[2] Allí el 15 de mayo de ese año vivió la persecución y matanza que el emperador Minh Mang llevaba a cabo contra los cristianos. En 1841 fue nombrado obispo de Tonkin, tras el asesinato de Ignacio Clemente Delgado.[2] Jerónimo permaneció en el país trabajando en su labor evangelizadora en lugares aparentemente seguros. Desde 1858 se escondía en cuevas para no ser apresado, desde donde escribiría sus cartas de cautividad dirigidas a los católicos convertidos,[2] hasta ser capturado junto a Valentín de Berriochoa y Pedro Almató Ribera por las autoridades vietnamitas tras la traición de un soldado apóstata, por la persecución que el emperador Tu Duc había decretado contra los cristianos. Fue torturado en una jaula de 1,20 m de altura y decapitado junto a sus compañeros en Hai-Duong mediante espada en 1861.
Proceso de canonización
El 20 de mayo de 1906[1] fue beatificado por Pío X y el 19 de junio de 1988[1] canonizado por Juan Pablo II en la Plaza de San Pedro junto con otros mártires de Vietnam.
Veneración
En 1906, coincidiendo con su beatificación, la antigua capilla de San Jorge de la catedral de Santo Domingo de la Calzada, pasó a ser dedicada a Jerónimo, colocándose una imagen suya en el centro del retablo.[4]
El 19 de septiembre se honra su memoria en Santo Domingo de la Calzada, su localidad natal.
El tercer domingo de septiembre se celebra en Cordovín fiesta en su honor, con procesión con Danzas, desfile y concurso de carrozas populares.
viernes, 18 de septiembre de 2026
Domingo 25, tiempo ordinario: 20 de septiembre de 2026
El choque de nuestros esquemas
¿Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?
TEXTOS BÍBLICOS
1ª lectura: Is. 55, 6-9.
2ª lectura: Fil. 1, 20-24.
EVANGELIO
San Mateo 20, 1-16:
- Agradezcamos haber sido llamados a trabajar en su viña.
- Seamos canales de su generosidad, mirando con misericordia a los que todavía están en la plaza esperando que alguien los mire con amor y les recuerde que para Dios nunca es tarde.
El Espejo de la Iglesia en La Rioja. 18 de septiembre de 2026
“Salió el sembrador a sembrar”

1.- Oración – Introductoria.
Señor, hoy quiero acercarme a tu evangelio con un corazón limpio, transparente, dúctil, maleable, como cera blanda donde se marquen bien tus palabras. Y te pido que la semilla de tu Palabra sea abundante. El buen sembrador nunca se cansó de sembrar. Yo también quiero sembrar, sembrar el mundo de paz, de bondad, de sencillez, de amor.
2.- Lectura reposada del evangelio Lucas 8, 4-15
En aquel tiempo, se le juntaba a Jesús mucha gente, y viniendo a él de todas las ciudades, dijo en parábola: Salió un sembrador a sembrar su simiente; y al sembrar, una parte cayó al borde del camino, fue pisada, y las aves del cielo se la comieron; otra cayó sobre terreno pedregoso, y después de brotar, se secó, por no tener humedad; otra cayó en medio de abrojos, y creciendo con ella los abrojos, la ahogaron. Y otra cayó en tierra buena, y creciendo dio fruto centuplicado. Dicho esto, exclamó: El que tenga oídos para oír, que oiga. Le preguntaban sus discípulos qué significaba esta parábola, y él dijo: A vosotros se os ha dado el conocer los misterios del Reino de Dios; a los demás sólo en parábolas, para que viendo, no vean y, oyendo, no entiendan. La parábola quiere decir esto: La simiente es la Palabra de Dios. Los del borde del camino, son los que han oído; después viene el diablo y se lleva de su corazón la Palabra, no sea que crean y se salven. Los del terreno pedregoso son los que, al oír la Palabra, la reciben con alegría; pero éstos no tienen raíz; creen por algún tiempo, pero a la hora de la prueba desisten. Lo que cayó entre los abrojos, son los que han oído, pero a lo largo de su caminar son ahogados por las preocupaciones, las riquezas y los placeres de la vida, y no llegan a madurez. Lo que en buena tierra, son los que, después de haber oído, conservan la Palabra con corazón bueno y recto, y dan fruto con perseverancia.
3.- Qué dice el texto
Meditación-reflexión.
Ya hemos comentado en otro lugar que en las parábolas hay que distinguir tres etapas:
- a) La parábola tal y como fue dicha por Jesús.
- b) la parábola predicada por los apóstoles y discípulos (pensemos que desde la muerte de Jesús hasta que se escribe el primer evangelio de Marcos han pasado casi cuarenta años).
- c) La parábola tal y como la escribió el evangelista.
Normalmente las explicaciones de las parábolas son cosecha de la comunidad primitiva. ¿Qué quiso decir Jesús en esta parábola? En esta parábola, tal y como fue dicha por Jesús, hay que destacar:
- a) La postura del sembrador. “Salió el sembrador”. Salió con su juventud, su alegría, su canción por el monte, su entusiasmo, y “su semilla en el zurrón”. Un sembrador sin alegría, sin entusiasmo, sin valorar la semilla, no sirve para sembrar el evangelio.
- b) la abundancia de la semilla. El sembrador derrocha la semilla y lo deja todo sembrado: los caminos, las piedras, los espinos. Lo importante para Jesús es no cansarse de sembrar el bien. No dar nada por perdido. No decir nunca: de aquí no se puede sacar nada.
- c) Al final habrá una gran cosecha. En tiempo de Jesús una buena
cosecha daba el siete por uno. Pensar en un 30, 60 o 100 era inimaginable. Pero la cosecha es de Dios y es abundante. Lo nuestro es sembrar. El fruto se lo dejemos a Dios.
Palabra del Papa
“Para hablar de salvación, se recuerda aquí la experiencia de cada año que se renueva en el mundo agrícola: el momento difícil y fatigoso de la siembra, y la alegría tremenda de la recogida. Una siembra que se acompaña con las lágrimas, porque se tira lo que todavía se podría convertir en pan, exponiéndose a una espera llena de inseguridades: el campesino trabaja, prepara el terreno, esparce la semilla, pero, como tan bien ilustra la parábola del sembrador, no sabe dónde caerá esta semilla, si los pájaros se la comerán, si se echará raíces, si se convertirá en espiga. Esparcir la semilla es un gesto de confianza y de esperanza; es necesario el trabajo del hombre, pero luego se entra en una espera impotente, sabiendo que muchos factores serán determinantes para el buen resultado de la recogida y que el riesgo de un fracaso está siempre presente. […] En la cosecha todo se transforma, el llanto termina, deja su lugar a gritos de alegría exultante”. (Benedicto XVI, 13 de octubre de 2011).
4.- Qué me dice hoy a mí esta parábola ya meditada. (Silencio)
5.- Propósito. Desde que me levanto hasta que me acuesto no dejo de sembrar el bien, aunque no vea ningún fruto.
6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi
Gracias, Señor, por tu capacidad de escucha, por tu capacidad de espera, por tu capacidad de aguante, con nosotros. Jamás das nada por perdido. Jamás dices: de este no se puede esperar nada. Tú, Señor, siempre animando, apoyando, levantando. No te asustan nuestras caídas, nuestras demoras, nuestros cansancios, nuestros retrocesos. Siempre nos ofreces una nueva oportunidad. ¡Qué bueno eres siempre con nosotros! ¡Gracias!