PARROQUIA SAN PÍO X, LOGROÑO.
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martes, 16 de junio de 2026
Lectio Divina: 17 de junio de 2026
“El Padre que está en lo escondido os premiará”
1.- Oración introductoria.
Señor, hoy mi oración se dirige a Ti para que me enseñes a orar. Sé que Tú, cuando rezabas al Padre, buscabas el sitio y el momento más adecuado. Te retirabas, buscabas la soledad de la noche, y ahí te encontrabas con tu Padre. Después, durante el día, te metías en el ajetreo de la vida, en los problemas de la gente, en el cuidado de los enfermos. Todo tenía sentido para Ti después de haberte encontrado con el Padre. Precisamente por retirarte a orar en la soledad de la noche, podías dedicarte al fecundo servicio de los hermanos durante el día.
2.- Lectura reposada de la palabra de Dios. Mateo 6, 1-6; 16-18
Estad atentos a no hacer vuestra justicia delante de los hombres para que os vean; de otra manera no tendréis recompensa ante vuestro Padre, que está en los cielos. Cuando hagas, pues, limosna, no vayas tocando la trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser alabados de los hombres; en verdad os digo que ya recibieron su recompensa. Cuando des limosna, no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha, para que tu limosna sea oculta, y el Padre, que ve lo oculto, te premiará. Y cuando oréis, no seáis como los hipócritas, que gustan de orar en pie en las sinagogas y en los ángulos de las plazas, para ser vistos de los hombres; en verdad os digo que ya recibieron su recompensa. Tú, cuando ores, entra en tu cámara y, cerrada la puerta, ora a tu Padre, que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará. Cuando ayunéis no aparezcáis tristes, como los hipócritas, que demudan su rostro para que los hombres vean que ayunan; en verdad os digo que ya recibieron su recompensa. Tú, cuando ayunes, úngete la cabeza y lava tu cara para que no vean los hombres que ayunas, sino tu Padre, que está en lo secreto; y tu Padre que ve en lo secreto, te recompensará.
3.- Qué dice el texto bíblico.
Meditación-reflexión.
Vivimos en el mundo de la imagen. Los productos que no se anuncian en T.V no se venden. Y las personas que no salen nunca en la pequeña pantalla no son importantes. Por eso nuestro mundo se alimenta de cosas superficiales. Importa más el aparentar que el ser; interesa más la fachada que el interior de la casa; y estamos más pendientes del qué dirá la gente, que del qué dirá Dios. Jesús no vive pendiente de su imagen, al contrario. Vivió feliz en el anonimato: “pasó por la vida como uno más, como uno de tantos” (Fil. 2,7). Por eso no podía soportar a los hipócritas, los fariseos, los que obraban para ser vistos por los hombres. Y luchó para que no se usara la religión –limosna, ayunos, oración- para prestigio personal. Jesús nos dice que a Dios hay que buscarlo “en lo secreto, en lo escondido”. ¿Por qué? Porque, como dijo Isaías, “Dios es un Dios escondido” (Is.45, 15). Por eso no hay que salir fuera para encontrarnos con Dios. Jesús nos remite a lo escondido del corazón, donde habita Dios. Ahí está nuestro verdadero tesoro, nuestra perla más fina, nuestro manantial más profundo. Encontrar ahí al verdadero Dios es nuestra mejor recompensa. Lo de salir fuera a manifestar con obras eso que ha sucedido en el interior del corazón, es una consecuencia normal del encuentro.
Entre nosotros es fácil hallar gentes sencillas, artesanos y viejecitas, que si de palabra no son capaces de poner de manifiesto, la utilidad de su religión, la demuestran con las obras. No se aprenden discursos de memoria, sino que manifiestan lecciones buenas: no herir al que les hiere, dar al que les pide, amar al prójimo como a sí mismo, (Atenágoras. Legación en favor de los cristianos),
Palabra del Papa
“En el Nuevo Testamento, Jesús indica la razón profunda del ayuno, estigmatizando la actitud de los fariseos, que observaban escrupulosamente las prescripciones que imponía la ley, pero su corazón estaba lejos de Dios. El verdadero ayuno, repite en otra ocasión el divino Maestro, consiste más bien en cumplir la voluntad del Padre celestial, que «ve en lo secreto y te recompensará». Él mismo nos da ejemplo al responder a Satanás, al término de los 40 días pasados en el desierto, que «no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios». El verdadero ayuno, por consiguiente, tiene como finalidad comer el «alimento verdadero», que es hacer la voluntad del Padre. Si, por lo tanto, Adán desobedeció la orden del Señor de «no comer del árbol de la ciencia del bien y del mal», con el ayuno el creyente desea someterse humildemente a Dios, confiando en su bondad y misericordia. (Benedicto XVI, 3 de febrero de 2009).
4.- Qué me dice hoy a mí este texto evangélico ya meditado. (Guardo silencio)
5.-Propósito: Voy a ayunar, pero como quiere Jesús: Lo haré con alegría y cayendo en la cuenta de los que pasan hambre.
6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.
Te doy gracias, Señor, porque has aparecido ante nosotros: humano, sencillo, humilde, rocero, amigo de los que nunca salen en la prensa, nunca reciben galardones, nunca buscan los mejores cargos, nunca se sientan en la mesa de los poderosos. Gracias, porque Tú sí que eres de los nuestros. Haz que nosotros nos parezcamos a ti.
Lectio Divina: 16 de junio de 2026
“Amad a vuestros enemigos”
1.- Oración introductoria.
Señor, hoy no vengo a pedirte que me hagas más fácil lo difícil; ni más dulce lo amargo; ni más sabroso lo soso; te pido que me hagas posible lo imposible. Porque amar al enemigo humanamente es imposible. Si, a pesar de todo, me lo pides y me lo exiges, es para que caiga en la cuenta de la necesidad que tengo de rezar. Ya nos habías dicho: “sin Mí no podéis hacer nada”. Y hoy vengo a Ti convencido de que yo no puedo perdonar a mi enemigo. Si un día puedo, te daré gracias por el milagro que me has hecho.
2.- Lectura reposada del Evangelio Mateo 5, 43-48
Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa vais a tener? ¿No hacen eso mismo también los publicanos? Y si no saludáis más que a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de particular? ¿No hacen eso mismo también los gentiles? Vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial.
3.- Qué dice este texto bíblico.
Meditación-reflexión
En este evangelio el Señor nos manda “hacer lo posible y pedir lo imposible”. Lo posible es aceptar nuestros comportamientos. Y, dentro de ellos, está el no hacer daño a nadie, aunque sea nuestro enemigo; y el ayudarle si se encuentra en una situación límite y necesita nuestro apoyo. Pero no está en nosotros controlar nuestros sentimientos. Por eso es imposible el amar a nuestros enemigos. Si un día resulta que nos sale del corazón el quererlos es por puro don, por puro regalo tuyo. Y la oración llega hasta eso. Y es entonces cuando se nos concede la gracia de imitar a nuestro Padre Dios que manda el sol y la lluvia para todos. No puede haber satisfacción mayor que la de ver marcadas en nuestros rostros “las huellas del Padre”. El rostro de nuestro Padre Dios rezuma bondad, paz, ternura, serenidad, confianza. Con sólo mirarle nos hace buenos. Ojalá que, al tener en nosotros sus huellas, la gente se sienta incentivada a ser buena. El cristiano es un creador de vida. Donde hay odio, pone amor y donde hay discordia, paz. Sabemos que en Cristo Resucitado el hombre ha sido creado “creador”.
Dame un corazón que ame y entenderá lo que digo.
Preséntame un corazón inflamado en deseos, un corazón hambriento, un corazón que, sintiéndose solo y desterrado en este mundo, esté sediento y suspire por las fuentes de la patria eterna, preséntame un tal corazón y entenderá lo que digo. Si, por el contrario, hablo a un corazón frío éste nada sabe, nada comprende de lo que estoy diciendo. (S. Agustín Trat.del evangelio de Juan 26)
Palabra del Papa.
“Jesús nos dice dos cosas: primero, mirar al Padre. Nuestro Padre es Dios: hace salir el sol sobre malos y buenos; hace llover sobre justos e injustos. Su amor es para todos. Y Jesús concluye con este consejo: “Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial”. Por lo tanto, la indicación de Jesús consiste en imitar al Padre en la perfección del amor. Él perdona a sus enemigos. Hace todo por perdonarles. Pensemos en la ternura con la que Jesús recibe a Judas en el huerto de los Olivos, cuando entre los discípulos se pensaba en la venganza. Jesús nos pide amar a los enemigos. ¿Cómo se puede hacer? Jesús nos dice: rezad, rezad por vuestros enemigos. La oración hace milagros; y esto vale no sólo cuando tenemos enemigos; sino también cuando percibimos alguna antipatía, alguna pequeña enemistad”. (Cf Homilía de S.S. Francisco, 21 de junio de 2013, en Santa Marta).
4.- Qué me dice hoy a mí este texto evangélico ya meditado. (Guardo silencio)
5.- Propósito: En cada momento de este día debo reflejar el rostro del Padre Dios.
6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.
Señor, te agradezco que hoy, a través de tu palabra, me hayas hecho caer en la cuenta de una cosa muy sencilla: la oración no es una obligación, ni una norma, ni una manera de perder el tiempo, ni siquiera un lujo. La oración es una necesidad. De la misma indigencia que tengo para cumplir tus mandatos, nace en mí la necesidad de la oración.
lunes, 15 de junio de 2026
Lectio Divina: 15 de junio de 2026
“Habéis oído que se dijo…pero Yo os digo”

1.- Oración introductoria.
Señor, hoy necesito que me abras de par en par el oído interno, el oído del corazón, porque es una enormidad lo que me propones. No te limitas a decirme que yo no responda al mal con otro mal según la ley del talión, sino que responda al mal con bien. Esto me supera, no lo entiendo, y humanamente, hasta me parece injusto. Por eso, hoy más que nunca, necesito que venga sobre mí la gracia del Espíritu Santo para que pueda vislumbrar aquello que me es imposible captar con la razón.
2.- Lectura reposad del evangelio. Mateo 5, 38-42
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Habéis oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente. Pues yo os digo: no resistáis al mal; antes bien, al que te abofetee en la mejilla derecha ofrécele también la otra: al que quiera pleitear contigo para quitarte la túnica déjale también el manto; y al que te obligue a andar una milla vete con él dos. A quien te pida da, y al que desee que le prestes algo no le vuelvas la espalda.
3.-Qué dice el texto bíblico.
Meditación-reflexión
Aquí se habla de la ley del talión. Y, en aquel entonces, supuso un avance con relación a las costumbres de otros pueblos, ya que, con esta ley no se podía hacer al enemigo más daño que el que te había hecho él. No podía propasarse incentivado por el deseo de venganza. (Si alguien te ha hecho daño en un ojo, y te ha dejado tuerto, tú puedes dejarlo tuerto, pero nunca ciego). Hay que pensar que en esos momentos no existía la creencia de la vida futura. (Todo debía resolverse en esta vida). No había policías. La ley estaba dada para todos; incluso para el hijo del rey. Y, sobre todo, respondía al principio racional de “no hagas a otro lo que no quieres que te hagan a ti”. O si queréis, experimenta en tu propia carne lo que has hecho sufrir al hermano. Pero esta ley “razonable” no encaja con el programa de Jesús. Va más allá. Jesús parte del convencimiento de que el amor que Él nos trae y que Él está viviendo, tiene tanta fuerza que no hay mal que se le resista. Es como cuando sale el sol con fuerza y derrite la escarcha y la nieve. Por eso puede poner la otra mejilla, puede dar la ropa interior cuando sólo le piden la exterior, y puede caminar con la carga que le ha impuesto el soldado enemigo unas millas más que las que le pedía que hiciera con él. No se trata de un amor de igualdad, ni de un amor razonable, sino que se trata de un amor desinteresado, que inunda, desborda y lanza a unas metas insospechadas. Se trata de poner en práctica lo que nos dice San Pablo en Ro. 12,21: “No te dejes vencer por el mal; al contrario, vence el mal a fuerza de bien”.
San Juan en Éfeso, apenas podía ir a la Iglesia sino en brazos de sus discípulos. Y no podía decir muchas palabras en voz alta, no solía hacer otra exhortación que ésta: Hijitos, amaos unos a otros… Le dijeron: Siempre nos dices lo mismo: Porque éste es el precepto del Señor y eso solo es suficiente (San Jeronimo. Epístola a los gálatas, 3,6).
Palabra del Papa.
“Esta página evangélica se considera la carta magna de la no violencia cristiana, que no consiste en rendirse ante el mal -según una falsa interpretación de «presentar la otra mejilla»-, sino en responder al mal con el bien, rompiendo de este modo la cadena de la injusticia. Así, se comprende que para los cristianos la no violencia no es un mero comportamiento táctico, sino más bien un modo de ser de la persona, la actitud de quien está tan convencido del amor de Dios y de su poder, que no tiene miedo de afrontar el mal únicamente con las armas del amor y de la verdad. El amor a los enemigos constituye el núcleo de la «revolución cristiana», revolución que no se basa en estrategias de poder económico, político o mediático. La revolución del amor, un amor que en definitiva no se apoya en los recursos humanos, sino que es don de Dios que se obtiene confiando únicamente y sin reservas en su bondad misericordiosa. Esta es la novedad del Evangelio, que cambia el mundo sin hacer ruido. Este es el heroísmo de los «pequeños», que creen en el amor de Dios y lo difunden incluso a costa de su vida”. Benedicto XVI, 18 de febrero de 2007.
4.- Qué me dice hoy a mí este texto evangélico ya meditado. (Guardo silencio)
5.- Propósito. Hoy rezaré por la persona con la que me llevo mal. Y así ablandaré mi corazón y me prepararé para el encuentro.
6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.
Señor, te agradezco el haberme metido “mar adentro” en este terreno del amor. No voy a discutir contigo porque Tú lo has vivido antes de predicarlo. Te injuriaban, se mofaban de Ti, se divertían contigo, y, como respuesta, Tú les perdonabas y les excusabas. “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. Tu grandeza de alma recrimina mi pequeñez; tu amor desbordante, mi mezquindad; tu amor misericordioso, mi miseria. Sólo mirando lo grande y maravilloso que Tú eres, caigo en la cuenta de lo pequeño y miserable que soy yo.
domingo, 14 de junio de 2026
Una Fe Viva que se Da Gratis
Una Fe Viva que se Da Gratis
- El diagnóstico actual: El Papa nos ha recordado esta misma semana que el sufrimiento humano, la soledad y la vulnerabilidad de quienes cruzan fronteras en busca de dignidad no nos pueden dejar indiferentes.
- La conversión de los ojos: Cambiaremos como Iglesia cuando empecemos a mirar a la gente de nuestro barrio, a nuestros jóvenes y a los marginados con los mismos ojos de ternura y misericordia con los que Cristo nos mira. No estamos llamados a juzgar o condenar al mundo, sino a sanar sus heridas.
- La urgencia del envío: “La cosecha es mucha y los trabajadores, pocos”. El Santo Padre nos ha pedido reavivar la comunión y el espíritu de acogida. La Iglesia en España no puede cruzarse de brazos ni lamentarse por la secularización; cada bautizado es un obrero enviado a los sembrados del mundo.
- Acciones concretas: El mandato del Reino de los cielos es claro: “Curen enfermos, resuciten muertos, limpien leprosos, echen demonios”. Hoy esto significa llevar esperanza al enfermo, restaurar la alegría del deprimido, integrar al excluido y romper las dinámicas de odio en nuestra sociedad.
- El peligro del cálculo: Vivimos en un mundo donde todo se compra, se vende o se mide por el interés personal. La fe rompe esa lógica mercantilista. San Pablo nos lo recuerda en la segunda lectura: “Dios nos demostró su amor en que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros”. Dios nos amó primero sin exigirnos méritos previos.
- Nuestra respuesta: Si la gracia, el perdón y el amor de Dios los hemos recibido de forma completamente gratuita, no podemos ponerle precio a nuestra entrega. El Papa nos ha invitado a tejer redes de solidaridad y caridad; respondamos amando sin esperar nada a cambio.
sábado, 13 de junio de 2026
MENSAJE DEL SANTO PADRE LEÓN XIV A LOS SACERDOTES EN OCASIÓN DE LA JORNADA POR LA SANTIFICACIÓN SACERDOTAL
[Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, 12 de junio de 2026]
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Queridos hermanos sacerdotes:
En el día en el que la Iglesia contempla el Corazón traspasado de su Señor, del que brota una fuente inagotable de paz y unidad para todo el género humano, dirijo sobre todo a mí mismo y a todos ustedes las palabras que Dios dirigió al pueblo de Israel: «Sean santos, porque yo, el Señor su Dios, soy santo» (Lv 19,2; cf. 1 P 1,16). Esta llamada divina atraviesa los siglos, resonando también hoy con fuerza para todo creyente y, con exigencia particular, para nosotros sacerdotes. La santidad no es una opción entre tantas ni un ideal abstracto; tiene que ver con la identidad misma de cada persona que quiere participar en la vida del Resucitado.
Santidad y participación en el misterio de Cristo
Dios nos invita a participar de su misma santidad. Cuando nos llama a ser santos porque Él es santo, nos indica el camino a seguir: dejarnos modelar según su Corazón. Y para nosotros, queridos hermanos, esta llamada es particularmente radical. El Señor prometió: «Les daré pastores según mi corazón, que los apacentarán con ciencia y prudencia» (Jr 3,15). La santidad que se nos pide es un abandono confiado: dejarnos transformar por su Santo Espíritu. Sin embargo, precisamente aquí surge la gran paradoja de nuestra vida sacerdotal: estamos llamados a participar de la misma santidad de Dios, pero llevamos este tesoro en vasijas de barro (cf. 2 Co 4,7), somos limitados e imperfectos, a menudo estamos marcados por debilidades y cansancios, a veces por heridas. ¿Cómo puede un corazón humano, tan vulnerable, responder a una llamada tan alta? El sacerdote vive esta tensión, pero sabe dónde encontrar paz: en el costado abierto del Señor Jesús.
Un camino de unión
La unión de nuestro corazón con el Corazón de Cristo no es una experiencia reservada a unos cuantos elegidos, sino un camino sacramental, eucarístico, que se realiza en lo cotidiano. Queridos hermanos, en la Ordenación hemos sido configurados con Cristo, pero es necesario reavivar siempre en nosotros el don de la gracia por medio de la celebración cotidiana de la Eucaristía, de la oración, de la meditación de la Palabra de Dios y del servicio humilde a los hermanos y hermanas. Permanecemos unidos a Cristo en todo: en lo que hacemos y en lo que nos sucede cotidianamente. La santidad, entonces, en vano buscada con esfuerzos aislados, se revelará por lo que es: correspondencia a la gracia que nos precede, nos sostiene y nos transfigura. No existen, en efecto, compartimentos estancos en nuestra humanidad. La oración, el ministerio, las relaciones, el cansancio, las alegrías y los fracasos, incluso el tiempo aparentemente perdido o el amor que parece malgastado, todo se vuelve un lugar privilegiado de la revelación de Dios y de su amor infinito.
El sacerdote que tiene un corazón íntegro, sencillo y puro es contemplativo en la acción, misericordioso, fiel en la prueba y alegre en la entrega de sí. El mundo tiene una gran necesidad de pastores que no ofrezcan sólo palabras o programas, sino el testimonio vivo de un corazón reconciliado, difundiendo el buen olor de la santidad de Cristo. Una vida sacerdotal sólida y configurada con el Corazón de Jesús es signo creíble de unidad, de paz y de misericordia. Así, en un tiempo marcado por divisiones y miedos, podemos ser constructores de paz, testigos de la ternura del Buen Pastor, que sabe reunir al que está extraviado y sanar al que está herido, y nuestro celo no es agitación, sino el desbordamiento de un amor que «es éxtasis, es salida, es donación, es encuentro» (Francisco, Carta enc. Dilexit nos, 28).
El Corazón de Cristo es el corazón de los santos
La respuesta a la vocación a ser santos no está tanto en el esfuerzo de ascesis y perfección, que es necesario, sino en la adhesión confiada al amor revelado en el Corazón traspasado de Jesús. El apóstol Juan nos hace contemplar el costado abierto del Crucificado (cf. Jn 19,34), donde Dios nos muestra definitivamente cómo Él es santo: no en la distancia inaccesible de una perfección separada, sino en un amor que se entrega hasta hacerse herir y que puede, por tanto, ser manantial de misericordia y de vida. El Sagrado Corazón de Jesús es la imagen por excelencia del amor de Dios: un amor omnipotente precisamente porque es capaz de hacerse vulnerable, de cambiar el dolor en gracia, el sufrimiento en esperanza.
Ese Corazón bendito, por tanto, es el “lugar” en el que la santidad se muestra como proximidad y ternura. La santidad del sacerdote entonces puede manifestarse en la cercanía humilde y valiente, en el ser de todos y para todos, manteniendo abierta la puerta del redil para que muchos puedan entrar y encontrar alimento y descanso (cf. Jn 10,9). Por eso, se nos pide una relación con Dios que no nos aleje de los hombres, sino que nos acerque a todos, que forje corazones pacientes, tiernos, capaces de cercanía, de compasión y de escucha. Así, por medio de la unión de nuestro corazón imperfecto con el Corazón traspasado de Jesús, se realiza nuestro camino de santidad. Ya no vivimos nosotros, sino que Cristo vive en nosotros (cf. Ga 2,20). Una tal santidad no se vive en soledad. Cuiden la fraternidad sacerdotal: búsquense, escúchense, sosténganse. El sacerdote que se aísla, lentamente se apaga; el sacerdote que camina con los hermanos crece. Nos lo recuerda san Agustín: «¿Cómo evitaremos estar en tinieblas? Amando a los hermanos. ¿En qué se prueba que amamos la fraternidad? En que no rasgamos la unidad, en que mantenemos la caridad» (Homilía sobre la Segunda Carta de San Juan a los Partos II, 3).
Queridos sacerdotes, renueven cada día su “aquí estoy” ante el Corazón traspasado de Cristo. Entréguense totalmente a Él, para que puedan amar a su pueblo con el mismo amor con el que Él lo ama. Y recuerden con alegría, como le gustaba repetir al santo Cura de Ars, que «el sacerdocio es el amor del corazón de Jesús» (cf. Benedicto XVI, Carta para la convocación del Año Sacerdotal [16 junio 2009]: AAS 101 [2009], 569). Este amor es prenda y garantía de que nada de nosotros se perderá, si todo lo nuestro lo entregamos y ofrecemos. Les encomiendo a todos y a cada uno a la Virgen María, Madre de los sacerdotes. Ella, que conservó en su corazón el misterio del Hijo, nos enseñe a conservar y a hacer latir en nosotros el Corazón de Cristo, Salvador del mundo.
12 de junio de 2026, Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús.
LEÓN PP. XIV
Domingo 11, tiempo ordinario: 14 de junio de 2026
Gratis habéis recibido, dad gratis.
INTRODUCCIÓN
¡La mirada de Jesús! Jesús daba una gran importancia a la manera de mirar de las personas. La mirada de Jesús estaba llena de cariño, respeto y amor. “Al ver a las gentes se compadecía de ellas porque estaban extenuadas como ovejas sin pastor”. Sufría al ver a tanta gente perdida y sin orientación. Le dolía el abandono en que se encontraban tantas personas solas, cansadas y maltratadas por la vida.
En la Iglesia cambiaremos cuando empecemos a mirar a la gente como la miraba Jesús. Nadie hemos recibido de Jesús “autoridad” para condenar sino para curar. No nos llama Jesús a juzgar al mundo, sino a sanar la vida. Nunca quiso poner en marcha un movimiento para combatir, condenar y derrotar a sus adversarios. Pensaba en discípulos que miraran el mundo con ternura. Los quería ver dedicados a aliviar el sufrimiento e infundir esperanza. Esa es su herencia, no otra (José A. Pagola).
LECTURA BÍBLICA
1ª lectura: Ex. 19, 2-6a. 2ª lectura: Ro. 5, 6-11.
EVANGELIO
Mt. 9, 36-10,8
Al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, «como ovejas que no tienen pastor». Entonces dice a sus discípulos: «La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies.» Llamó a sus doce discípulos y les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y toda dolencia. Estos son los nombres de los doce apóstoles: el primero, Simón, llamado Pedro, y Andrés, su hermano; Santiago, el de Zebedeo, y Juan, su hermano; Felipe y Bartolomé, Tomás y Mateo el publicano; Santiago el de Alfeo, y Tadeo; 4Simón el de Caná, y Judas Iscariote, el que lo entregó. A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones: «No vayáis a tierra de paganos ni entréis en las ciudades de Samaría, sino id a las ovejas descarriadas de Israel. Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, arrojad demonios. Gratis habéis recibido, dad gratis.
REFLEXIÓN
1.- “Al ver a la muchedumbre se compadecía de ellas.” Jesús veía a las gentes. Y las veía por dentro, con sus problemas, sus dificultades, sus angustias, sus penas. Y no pasaba de largo, ni miraba a otro lado, sino que las metía dentro de su piel, dentro de su corazón compasivo. Por eso no podía seguir adelante sin darle un vuelco el corazón. Sólo cuando metemos a las personas en nuestro corazón, ya no podemos seguir adelante. Cambian nuestros planes, nuestros proyectos y comenzamos a mirar a las personas con la mirada Jesús. Pablo, antes de su conversión, a los cristianos los veía como “enemigos”. Después de convertirse, los miraba como sus hermanos.
2.- “La mies es mucha y los obreros pocos.” ¿Eran pocos los obreros? Si contamos los fariseos, saduceos, escribas, etc, se podrían contar por millares. Y todos trabajaban para Dios, todos se empleaban en la liturgia de la Palabra y en las ceremonias que se realizaban en Jerusalén. Y todos vivían muy bien, con las pingües limosnas del Templo. Pero ésos no interesaban a Jesús. Ninguno de ellos era válido para predicar la Buena Noticia del Reino de Dios. Ahora nos quejamos de que no tenemos sacerdotes. ¿De verdad que son pocos? ¿O son pocos los que se acomodan a lo que exige Jesús? ¿Van ligeros de equipaje? ¿Les preocupa el Reino de Dios por encima del dinero, la fama, el prestigio, el poder? ¿Su mirada está clavada en los pobres, los humildes, los sencillos, los que sufren?
3.- Gratis lo habéis recibido, dad gratis. El verdadero discípulo de Jesús vive envuelto en un clima de “gratuidad”. Vive recibiendo gratis el sol, la lluvia, el aire. ¿Alguien paga algo por recibir estos elementos más necesarios? Y gratis recibe la amistad y el cariño. Y gratis ha recibido el supremo regalo de la vocación. “No me habéis elegido vosotros a mí. Yo os he elegido a vosotros” (Jn. 15,9,17). Si el sacerdote vive en un clima de gratuidad, ¿A qué se debe ese afán por el dinero? Si soy objeto de la gratuidad de Dios, debo dar gratis lo que gratis he recibido. No hay por qué preocuparse. Ningún discípulo le pudo echar en cara a Jesús que pasara un solo día sin comer. Eso lo da el Señor por añadidura. En un mundo donde a todo le ponemos precio, lo normal es preguntar: Y eso ¿cuánto vale? Y a lo que no tiene precio lo despreciamos. Pero en el reino traído por Jesús, es bonito responder: eso te lo doy gratis porque gratis lo he recibido. Sólo el que vive inmerso en la gratuidad de Dios, puede hacer de toda su vida un “regalo para los demás”. Una de las perlas de los salmos es ésta: “Sea el Señor tu delicia y Él te dará todo lo que tu corazón pide”. (Sal. 37,4).
Palabras del Papa León XVI a los sacerdotes: En la homilía, destacó que esta ocasión es especial para los consagrados «para hacer memoria de la gratuidad de su vocación, comenzando desde los orígenes de las congregaciones a las que pertenecen hasta el momento presente, desde los primeros pasos de su itinerario personal hasta este instante». «Todos nosotros estamos aquí, ante todo, porque Él nos ha querido y elegido desde siempre», sostuvo el Papa. (Vaticano, 9 de octubre del 2025).
PREGUNTAS
1.- ¿Miro a las personas con la mirada del corazón? En caso afirmativo, ¿Qué consecuencias tiene esta mirada en mi vida?
2.- ¿Estoy convencido de que hay que pensar más en la calidad que en la cantidad de las personas dedicadas a Dios?
3.- ¿Qué lugar ocupa actualmente la gratuidad en mi vida cristiana?