/> PARROQUIA SAN PÍO X, LOGROÑO.

martes, 3 de noviembre de 2026

Misa de hoy ⛪ Martes 3 Noviembre de 2026, Padre Fabio Alonso Gómez | Tele VID

 

Lectio Divina: 3 de noviembre de 2026

Venid, que ya está todo preparado»

1.- Introducción

Señor, yo siempre me he sentido invitado por Ti: cuando era niño, cuando fui adolescente y joven, en la edad madura y ahora que ya soy viejo. Te confieso que he sido un afortunado. Repaso mi vida y no encuentro ninguna edad, ninguna etapa en la que no haya sido invitado por Ti a la “gran mesa” de la felicidad. Mi problema está en que algunas veces he escuchado otras voces, otras invitaciones que me han dejado el corazón vacío. Gracias, Señor, porque no te has cansado de mí y me sigues llamando también en la “hora de la tarde”. Haz que sepa darte ahora la mejor respuesta: la más auténtica, la más generosa.

2.- Lectura reposada del evangelio: Lucas 14, 15-24

Habiendo oído esto, uno de los comensales le dijo: «¡Dichoso el que pueda comer en el Reino de Dios!» Él le respondió: «Un hombre dio una gran cena y convidó a muchos; a la hora de la cena envió a su siervo a decir a los invitados: «Venid, que ya está todo preparado.» Pero todos a una empezaron a excusarse. El primero le dijo: «He comprado un campo y tengo que ir a verlo; te ruego me dispenses.» Y otro dijo: «He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlas; te ruego me dispenses.» Otro dijo: «Me he casado, y por eso no puedo ir.» «Regresó el siervo y se lo contó a su señor. Entonces, airado el dueño de la casa, dijo a su siervo: «Sal en seguida a las plazas y calles de la ciudad, y haz entrar aquí a los pobres y lisiados, y ciegos y cojos.» Dijo el siervo: «Señor, se ha hecho lo que mandaste, y todavía hay sitio.» Dijo el señor al siervo: «Sal a los caminos y cercas, y obliga a entrar hasta que se llene mi casa.» Porque os digo que ninguno de aquellos invitados probará mi cena».

3.- Qué dice el texto.

Meditación-Reflexión

En esta parábola de Jesús hay una invitación a una “gran cena”.  Y esta gran cena hay que distinguirla de las “pequeñas cenas”, las nuestras, las que son incapaces de hacernos felices.  La gran cena es de Dios y en esta, todo es a lo grande: la cena de los mejores manjares, la de los vinos de solera, la de los caros perfumes, la de los grandes regalos. Nos invita a una felicidad plena, a una felicidad que nunca se acaba. Y en esa cena nos hace un regalo inaudito: “quitará el velo que cubre las naciones; aniquilará la muerte para siempre” (Is. 25,7-8). Esta invitación se hace primero a los de casa, a los judíos, a los que se sienten con derechos, pero éstos se excusan y no quieren entrar. Pero el Señor no se desanima: invita a los pobres, a los que no tienen derechos, a los que nunca han tenido un banquete para celebrar. Éstos son los que se comen todo y nada desperdician; los que apuran el buen vino, participan de la música y el baile; los que no se cansan de agradecer al anfitrión que les haya dado esta oportunidad.   Nos preguntamos: Y nosotros, como cristianos, ¿dónde nos colocamos? ¿entre los viejos invitados   que tenemos de todo y nunca estamos satisfechos con nada? ¿los que somos tan estúpidamente avaros que ni siquiera Dios nos basta? ¿Los que presumimos de derechos ante Dios, incluso del derecho de poder decirle que no? ¿O nos situamos entre los invitados de última hora y disfrutamos de los dones de Dios y, sobre todo del Dios de los dones? Impresionan estas palabras, «sal por los caminos y senderos e insísteles hasta que entren y se me llene la casa», pues denotan el auténtico interés de Dios que nos busca desesperadamente.

Palabra del Papa

¡No aceptan la invitación! Dicen que sí, pero no lo hacen. Ellos son los cristianos que se conforman sólo con estar en la lista de los invitados: cristianos enumerados. Pero esto no es suficiente, porque si no se entra en la fiesta no se es cristiano. ¡Tú estarás en la lista, pero esto no sirve para tu salvación! Entrar en la Iglesia es una gracia; entrar en la Iglesia es una invitación. Y este derecho, no se puede comprar. Entrar en la Iglesia es hacer comunidad, comunidad de la Iglesia; entrar en la Iglesia es participar de todo aquello que tenemos, de las virtudes, de las cualidades que el Señor nos ha dado, en el servicio del uno para el otro. Además, entrar en la Iglesia significa estar disponible para aquello que el Señor Jesús nos pide. En definitiva, entrar en la Iglesia es entrar en este Pueblo de Dios, que camina hacia la eternidad. Ninguno es protagonista en la Iglesia: pero tenemos Uno que ha hecho todo. ¡Dios es el protagonista! Todos nosotros vamos detrás de Él y quien no va detrás de Él, es uno que se excusa y no va a la fiesta”. (Cf. S.S. Francisco, 5 de noviembre de 2013, homilía en Santa Marta).

4.- ¿Qué me dice hoy a mí este texto? (Silencio)

5.-Propósito: Hoy buscaré un momento de soledad y le daré gracias a Dios por haberme invitado a cenar con Él.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Señor, antes de terminar mi oración, quiero que perdones mi ingratitud, mi poca delicadeza, mis respuestas mezquinas y raquíticas a tu gran invitación de sentarme a “cenar contigo en tu mesa”.  Y ¿qué significa cenar contigo? Participar de tu amistad, de tu intimidad, en definitiva de la felicidad que sólo Tú puedes dar. Te agradezco, de todo corazón, el que todavía no te hayas cansado de mí y me sigas invitando.

12. Grupo de Acompañamiento en el Duelo: "Resurrección" (Pastoral del Duelo)



De la Cruz a la Luz: Un camino acompañado para sanar el dolor

El dolor por la pérdida de un ser querido es, posiblemente, una de las experiencias más profundas y desafiantes a las que nos enfrentamos en la vida. Cuando la ausencia se instala en el hogar, el mundo parece detenerse y la noche del alma se vuelve larga. Es completamente natural sentir que las fuerzas fallan, que el aislamiento es el único refugio o que el llanto no encontrará consuelo. La cruz del duelo pesa, y muchas veces se carga en el silencio más absoluto.

Sin embargo, los cristianos no caminamos hacia una tumba vacía para quedarnos en el llanto. La fe nos recuerda que la muerte no tiene la última palabra. La experiencia del duelo no es un laberinto sin salida, sino un proceso pascual: un camino doloroso, pero que está llamado a transformarse en una resurrección interior. Sanar no significa olvidar a quienes amamos; significa aprender a recordarlos desde el agradecimiento, encontrando una nueva forma de vincularnos con ellos a través del amor que nunca muere y que ya descansa en la presencia de Dios.

Nadie está diseñado para atravesar el desierto de la pérdida en total soledad. Por eso, te abrimos las puertas de nuestro Grupo de Acompañamiento en el Duelo Resurrección.

Esta es una invitación abierta para ti que hoy caminas con el corazón herido. Queremos ofrecerte un espacio sagrado de escucha sin juicios, donde tu dolor sea respetado y tus lágrimas comprendidas. Aquí no venimos a reprimir la tristeza, sino a compartirla en comunidad para que, poco a poco, la luz de la mañana pascual vuelva a iluminar tu vida.

En este grupo encontrarás herramientas pastorales y humanas para reconstruir tu paz interior, sostenido por la oración fraterna y el abrazo de hermanos que, al igual que tú, buscan transitar de la cruz a la luz de una Vida Novedosa.

Si sientes que ha llegado el momento de dar el paso del aislamiento a la esperanza, te esperamos con los brazos abiertos. No tienes que llevar esta carga tú solo. Permítenos caminar a tu lado.

Para más información sobre los días de reunión, horarios y lugar de encuentro, por favor acércate al despacho parroquial de San Pío X de Logroño.  Cristo ha resucitado, y en Él, nuestra esperanza vuelve a la vida.

11. De la Herida a la Luz de la Esperanza (Pastoral del Duelo)

 


Querido hermano, querida hermana:

Hoy queremos invitarte a detenerte un momento, a mirar el camino que has recorrido y a respirar con paz. Sabemos que el dolor por la partida de tu ser querido ha sido un territorio difícil, una herida profunda en el alma. Sin embargo, este momento no es para olvidar, sino para recordar desde un lugar nuevo: desde la memoria agradecida.

Seguir adelante no significa borrar el pasado. Sanar no es olvidar a quien tanto amas; sanar es transformar el dolor punzante en un recuerdo amoroso, sereno y lleno de luz. Hoy puedes mirar atrás y, en medio de la ausencia física, dar gracias a Dios por el don inmenso de la vida compartida, por todo lo aprendido, por las risas, los abrazos y el amor que el tiempo no puede destruir. Ese amor es el verdadero regalo que permanece.

La promesa de Jesús en el Evangelio es clara: En la casa de mi Padre hay muchas moradas. Tu ser querido no se ha disuelto en la nada; descansa en el abrazo eterno de Dios. Esa certeza de la Resurrección es nuestra mayor roca. No caminamos hacia el vacío, caminamos hacia el reencuentro.

Que esta esperanza sea hoy el motor para renovar tus fuerzas. Estar vivo es un regalo y una misión. Estás aquí para honrar la memoria de quien partió, viviendo con plenitud, abriendo tu corazón a los demás y compartiendo la luz que has recibido en tu propio proceso de sanación.
Enciende tu vela en el corazón, abraza tu historia con ternura y camina hacia adelante. Dios sostiene tus pasos y la vida eterna te espera en el horizonte. No temas, porque la esperanza nunca defrauda.

10. El amor que se transforma en servicio (Pastoral del Duelo)

Cuando atravesamos la pérdida de alguien a quien amamos profundamente, el dolor tiende a levantar muros a nuestro alrededor. Es natural y necesario buscar el recogimiento, mirar hacia dentro y abrazar la herida. Sin embargo, llega un momento en el camino en el que ese mismo dolor, que a veces se siente como un vacío insoportable, puede convertirse en un puente hacia los demás.

Dar sentido al sufrimiento no significa olvidar ni restarle importancia a la ausencia. Significa, más bien, transformar esa ausencia en una presencia generosa. El amor que sentías y sigues sintiendo por la persona que partió no tiene por qué apagarse ni quedar atrapado en el pasado; puede transformarse en un motor que impulse tus manos hacia los que hoy también sufren.

Pregúntate por un instante: ¿Qué cualidad, qué sonrisa o qué valor de tu ser querido te gustaría mantener vivo en el mundo? Al acompañar a un enfermo, escuchar a alguien que se siente solo o tender la mano a quien pasa necesidad, no estás huyendo de tu duelo. Al contrario, estás honrando la memoria de quien amas de la forma más hermosa posible: haciendo que el amor que te dejó florezca en la vida de otra persona.

Ayudar a otros no borrará la cicatriz de la pérdida, pero tiene una profunda fuerza medicinal. Al salir de ti mismo para aliviar el peso de otro, descubrirás que tus propias manos empiezan a sanar al servir. Que la caridad y la entrega sean el cauce donde tu dolor encuentre un nuevo sentido, recordando que cada gesto de bondad mantiene vivo el legado de amor que recibiste.

9. Las palabras que abrazan el alma (Pastoral del Duelo)


Escribir una carta a quien ya no está no es una despedida definitiva, sino un puente de amor que trasciende el tiempo y el espacio. Cuando el dolor de la pérdida nos nubla la voz y nos cuesta expresar lo que llevamos dentro, el papel se convierte en ese refugio seguro que no juzga, que lo aguanta todo y que escucha en el más absoluto silencio.


A veces, la partida de un ser querido nos deja con la dolorosa sensación de haber dejado conversaciones a medias, abrazos pendientes o palabras que se quedaron atrapadas en la garganta. Traer esos recuerdos al presente y plasmarlos en una carta nos permite desatar con delicadeza los nudos de la culpa, el reproche o la nostalgia. Es una oportunidad para abrazar el perdón —hacia nosotros mismos y hacia ellos— y, sobre todo, para dar gracias con nombres y apellidos por cada uno de los valores, risas y aprendizajes que nos heredaron.

No temas a las lágrimas que caen sobre el papel; cada una de ellas limpia una herida del corazón. Al escribir, estás transformando tu dolor en un homenaje de gratitud y tu nostalgia en una oración silenciosa. Al final, cuando sientas que has vaciado tu alma, puedes descansar en la certeza de que tu ser querido conoce bien tu corazón y de que Dios recoge cada una de tus letras para convertirlas en paz, entrega y consuelo para tu camino.

8. El permiso de sentir: Caminar el duelo a tu propio ritmo (Pastoral del Duelo)

 


Si estás leyendo esto, es probable que tu mundo haya cambiado por completo y que sientas que el dolor es un peso demasiado grande para llevar. En un mundo que siempre tiene prisa por que todo se solucione, lo primero que necesitas saber es esto: tienes derecho a no estar bien. Tienes derecho a llorar, a extrañar, a sentir enfado, desconcierto o un vacío profundo. No hay una forma correcta o incorrecta de transitar el duelo; solo está tu forma, y es completamente válida.
Al principio, el dolor por la pérdida es como una tormenta en el mar: las olas son gigantescas, rompen con fuerza y parece que te van a ahogar en cualquier momento. A medida que pasa el tiempo, la tormenta no desaparece mágicamente, pero las olas empiezan a espaciarse.
Habrá días de calma en los que sientas que vuelves a respirar, y de pronto, sin previo aviso—por una fecha, una canción, un olor o un recuerdo—, una nueva ola fuerte te golpeará. No te asustes ni pienses que has retrocedido. Esos rebrotes de tristeza no son un fracaso en tu proceso; son el testimonio de que el amor que sientes sigue vivo. El dolor es, en el fondo, la continuación de ese amor que te unía a esa persona y que ahora busca un nuevo lugar donde habitar.
Sanar no es olvidar, es integrar
A veces da miedo dejar de llorar o empezar a sonreír de nuevo, porque se siente como una traición. Pero sanar no significa olvidar. Nunca vas a olvidar a quien tanto significó para ti. Sanar significa aprender a vivir con su ausencia física, permitiendo que su recuerdo ya no te desgarre el pecho, sino que empiece a abrigarte el alma.
Tu herida poco a poco se convertirá en una cicatriz. Las cicatrices quedan para siempre en la piel, nos recuerdan dónde nos dolía, pero ya no sangran de la misma manera. Nos recuerdan que fuimos lo suficientemente fuertes como para sobrevivir a la herida. El renacer de la vida
No te exijas prisa. Permítete ser sostenido por quienes te quieren y por tu comunidad. No estás solo en este desierto. Aunque hoy todo te parezca gris y lejano, llegará el día en que el dolor se transformará en un manantial de sabiduría, empatía y madurez. Descubrirás que el sufrimiento te ha vuelto una persona más comprensiva y sensible ante el dolor de los demás.
Tu vida volverá a tener luz, no porque vayas a borrar el pasado, sino porque el amor que compartiste con esa persona se ha quedado dentro de ti para siempre, empujándote a seguir adelante. Ve paso a paso, día a día, o incluso respiración a respiración. La vida que renace en ti lo hará despacio, pero lo hará.

7. La Cicatriz Serena y el Eco del Amor (Pastoral del Duelo)


El camino del duelo no consiste en olvidar, sino en aprender a amar de una manera nueva. Cuando experimentamos la pérdida de un ser querido, el dolor inicial suele ser un territorio árido y paralizante, un laberinto donde el invierno parece no tener fin. Sin embargo, al volver la vista atrás y contemplar el itinerario recorrido, descubrimos que las lágrimas no han sido en vano: han limpiado el terreno para dar paso a la aceptación.

Sanar es transformar la herida abierta en una cicatriz serena. La cicatriz no esconde lo que pasó; permanece en la piel como el testigo silencioso de una gran batalla y de un gran amor. Ya no sangra, ya no destruye. Nos recuerda que fuimos vulnerables, pero también que fuimos capaces de resistir. Integrar la ausencia en la vida cotidiana significa precisamente eso: hacerle un espacio respetuoso al recuerdo, permitiendo que el ser querido habite en nosotros ya no desde el grito del desgarro, sino desde la paz de la gratitud.

El amor que recibimos de quienes partieron no se extingue con su último suspiro; se transforma en un legado. Cada valor que nos enseñaron, cada sonrisa que compartimos, cada gesto de servicio que nos heredaron es una semilla que ahora nos toca hacer florecer. Honrar su memoria no es encadenarnos al cementerio o al día de su partida; honrar su memoria es atrevernos a vivir con mayúsculas. Es dar el paso valiente de regresar a la vida, de volver a reír sin sentir que somos desleales, y de entender que cada latido de nuestro corazón puede ser un homenaje vivo a su existencia.

Hoy, al mirar el árbol de nuestro camino y contemplar el ciclo que se cierra, descubrimos que no nos vamos vacíos. Nos acompaña la certeza de que Dios enjuga cada lágrima y hace nuevas todas las cosas. Nos sostiene una comunidad que comparte el mismo suelo y la misma esperanza. La meta no era borrar el pasado, sino redescubrir el sentido del presente y mirar hacia adelante con el alma pacificada, listos para seguir amando y sirviendo.

6. Volver a pasar por el corazón (Duelo)

 


El verdadero descanso del alma frente a la ausencia no se encuentra en el olvido, sino en la transformación del dolor en una memoria agradecida. Cuando se aproximan fechas señaladas en el calendario como navidades, aniversarios o cumpleaños, la mente suele adelantarse con miedo a través del "síndrome de la silla vacía". Sin embargo, la fe y el acompañamiento espiritual nos invitan a comprender que recordar no tiene por qué ser un ancla de parálisis o amargura, sino un puente de profunda gratitud por la vida compartida.

El misterio del amor sobrevive a la presencia física. Cuando la proximidad de una fecha clave en el calendario despierta angustia, la fe nos recuerda que no estamos obligados a repetir tradiciones de forma idéntica, sino que tenemos la libertad de renegociarlas con amor y honestidad.

San Pablo nos exhorta en la lectura de Tesalonicenses a no entristecernos como los que no tienen esperanza. Esta esperanza se fundamenta en la Comunión de los Santos: la certeza de que nuestros seres queridos no han desaparecido en la nada, sino que habitan en la gran familia de Dios. Recordar, desde su raíz latina re-cordis, significa volver a pasar por el corazón. La memoria agradecida consiste precisamente en eso: dejar de mirar únicamente el momento de la partida para empezar a contemplar, con profundo reconocimiento, todo el amor, las risas, las enseñanzas y el tiempo que nos fue regalado compartir a su lado.

En cada Eucaristía, el cielo y la tierra se abrazan en un mismo altar. Al encender nuestra vela y poner nombre a nuestras ausencias, descubrimos que orar por ellos y recordarlos con cariño es mantener vivo el hilo de un amor que jamás se destruye, sino que se transforma en luz para nuestro caminar.

5. Caminar en la oscuridad: Tu fe y tus preguntas en medio del dolor (Pastoral del Duelo)

 
Cuando el dolor de la pérdida golpea con fuerza, es normal que todo lo que creías seguro se tambalee. De repente, el mundo se vuelve un lugar extraño y el cielo parece haberse quedado en silencio. En esos días oscuros, es inevitable que surjan las preguntas: ¿Por qué a mí? ¿Por qué ahora? ¿Dónde está Dios cuando más lo necesito?

Queremos decirte algo con total claridad: no estás perdiendo la fe por sentirte así.

Dudar, llorar de impotencia, buscar respuestas e incluso sentir enfado con Dios no es un pecado ni una falta de confianza. Al contrario, es la reacción natural de un corazón herido que busca desesperadamente una explicación. Si miras la historia, hombres y mujeres de gran fe gritaron su dolor con crudeza. El mismo Jesús en la cruz experimentó el peso del abandono y preguntó en voz alta: «Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Dios no se asusta de tus preguntas, de tu rabia ni de tu tristeza. Él tiene la capacidad y el amor para sostener tu crisis.
A veces nos han enseñado la falsa idea de un Dios lejano que envía el sufrimiento como un castigo o una prueba de resistencia. Pero la realidad es otra. Dios no planeó tu dolor, no envió la enfermedad ni causó el accidente. El Dios en el que creemos es un Dios que sufre contigo. Es el Dios que lloró ante la tumba de su amigo Lázaro y que hoy se inclina ante tus lágrimas. Él no evita el dolor del mundo, sino que decide meterse en él para que no tengas que transitarlo a solas. Está contigo en el fondo del pozo, abrazándote en un silencio respetuoso y sagrado.

La esperanza que te proponemos hoy no es un analgésico rápido que va a borrar tu tristeza de golpe. Sería injusto pedirte que no sientas el vacío de la ausencia. El dolor del Viernes Santo y el silencio del Sábado Santo son reales y hay que habitarlos. Lo que la fe te ofrece es la certeza de que la muerte no tiene la última palabra. La Resurrección es el horizonte que te asegura que el amor que diste y recibiste no se destruye, solo se transforma. Nos promete que el final del camino no es la nada, sino la Vida y un reencuentro definitivo.

No te exijas tener una fe perfecta ni mantengas las apariencias. Si hoy solo tienes preguntas, quédate con ellas. Si hoy solo hay silencio, déjate abrazar por él. Estás en duelo, y Dios camina a tu ritmo, respetando tu tiempo, esperando el momento en que estés listo para volver a escuchar su voz.

lunes, 2 de noviembre de 2026

FUNDACIÓN MADRE TERESA

 


4.El invierno del alma y el derecho a recordar (Pastoral del Duelo)

 

El duelo es, en muchos sentidos, el invierno del alma. Un paisaje donde los árboles parecen desnudos y la vida se repliega hacia lo invisible, hacia una intimidad que a veces se confunde con el vacío. Cuando una ausencia tan profunda altera tu realidad, es completamente natural sentir un frío que ninguna palabra ajena logra calmar.

Es común que el entorno insista en que busques la primavera antes de tiempo. Te pedirán que salgas, que te distraigas, que dejes de mirar atrás. Sin embargo, el dolor necesita su propio invierno. Necesita el silencio para asimilar lo que ha cambiado, el llanto para limpiar la mirada y el recogimiento para ordenar los pedazos de una historia que ya no se escribirá en presente, sino en memoria.
No sientas la obligación de sanar de prisa para tranquilidad de los demás. Quien te quiere de verdad aprenderá a sentarse contigo en la penumbra, sin prisas por encender la luz. Tampoco te exijas uniformidad con los tuyos: en una misma casa, el invierno se vive de muchas formas. Unos prefieren palear la nieve con el trabajo diario, mientras otros necesitan contemplar la tormenta desde la ventana. Ambas formas son válidas, porque ambas son intentos de sobrevivir al impacto.
La meta del duelo no es olvidar, ni fingir que la herida nunca existió. La meta es llegar a un día en el que puedas pronunciar su nombre con más gratitud que dolor. Mientras ese día llega, honra tu proceso, respeta tu cansancio y recuerda que refugiarse en el propio misterio no es aislarse, es, simplemente, aprender a abrigarse.

3."El cuerpo también duele: autocuidado y vida cotidiana" (Pastoral del Duelo)

 


El dolor por la pérdida de un ser querido nunca habita únicamente en las ideas o en el espíritu; se encarna con fuerza en cada rincón del cuerpo. Es común sentir que el cansancio no se quita durmiendo, que la garganta se anuda sin pedir permiso o que una pesadez profunda convierte el simple hecho de levantarse de la cama en una tarea titánica. Vivir el duelo es experimentar cómo el peso de la ausencia atraviesa la propia carne.

Ante ese agotamiento, la respuesta no es la exigencia ni el esfuerzo heroico, sino la compasión hacia uno mismo. Recordar el pasaje del profeta Elías en el desierto (1 Reyes 19) nos devuelve una imagen reconfortante: cuando las fuerzas se agotan por completo, Dios no exige discursos ni grandes gestos, sino que envía a un ángel con una indicación tan sencilla como profunda: «Levántate y come, porque el camino es demasiado largo para ti». Antes de cualquier recuperación interior o spiritual, hay un tiempo sagrado para el descanso elemental, la comida caliente y el respiro.

Reconocer el cuerpo como "templo del Espíritu" (1 Corintios 6, 19) adquiere en el duelo un sentido distinto. Cuidar la salud física no es un mero trámite biológico ni un descuido de la memoria de quien ya no está; al contrario, es un acto de amor y de fidelidad a la vida. Prepararse una comida nutritiva, salir a recibir la luz del sol durante quince minutos o permitir que alguien más nos ayude con la compra son pequeñas maneras de honrar el propio templo cuando la estructura parece tambalearse.

El cuerpo tiene su propio ritmo para encajar el impacto de una pérdida. Respetar sus avisos, sin juzgar la falta de energía como pereza ni la necesidad de pausa como debilidad, es el primer paso hacia el consuelo. Aprender a transitar el dolor pasa por tratarse a uno mismo con la misma ternura, paciencia y cuidado con la que Dios nos acoge en medio del desierto.

Conmemoración de los Fieles Difuntos

 

Hoy nos reúne en el altar una de las conmemoraciones más íntimas y conmovedoras del año litúrgico. Ayer levantábamos la mirada para contemplar la Jerusalén celestial, celebrando la gloria de la Iglesia triunfante en todos los Santos. Hoy, con los pies en la tierra pero el corazón lleno de fe, volvemos los ojos hacia nuestros cementerios, hacia las fotografías de nuestros hogares y hacia los recuerdos que habitan en el alma. Hoy hacemos memoria de todos los fieles difuntos.

El dolor por la ausencia de quienes amamos es una realidad humana ineludible. San Agustín nos recordaba que ni siquiera la fe más firme anula el desgarro de la separación terrenal. Sin embargo, la liturgia de este día no viene a sepultarnos en la tristeza de los que no tienen esperanza, sino a iluminar nuestro duelo con la luz de la Pascua.

Las lecturas de la Iglesia nos guían en este camino del dolor al consuelo. El profeta Isaías nos habla de un banquete donde el Señor Dios enjugará las lágrimas de todos los rostros y destruirá para siempre el velo de la muerte. Y en el Evangelio, Jesús nos sale al encuentro con una promesa rotunda: «Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá». Ante el misterio de la tumba, Cristo no nos pide explicaciones filosóficas; nos pide confianza. Nos pide creer que nuestro destino final no es la nada, sino los brazos misericordiosos del Padre.

Celebrar a los fieles difuntos es también recordar el gran misterio de la Comunión de los Santos. La Iglesia nos enseña que el amor y los vínculos tejidos en Cristo traspasan la frontera de la muerte. Nuestros seres queridos que han partido todavía forman parte de nuestro pueblo en camino. Por eso, la oración por los difuntos es el acto de caridad más puro que podemos ofrecerles. A través de la Santa Misa, de los sufragios, de la penitencia y del don de las indulgencias plenarias que la Iglesia abre de par en par de manera especial en este mes, acudimos en auxilio de aquellas almas que aún están siendo purificadas por el fuego del Amor divino antes de entrar en la visión beatífica.

Hermanos, la muerte no tiene la última palabra. La resurrección de Jesucristo es nuestra certeza de que los muertos están vivos en Dios y de que nuestra despedida terrenal nunca es un adiós definitivo, sino un «hasta luego». Al acercarnos hoy a la Eucaristía, depositemos en la patena los nombres de nuestros familiares, amigos y de aquellos difuntos más olvidados que no tienen quién rece por ellos.

Que la Santísima Virgen María, que se mantuvo firme al pie de la Cruz esperando la resurrección de su Hijo, nos alcance el consuelo en el duelo y una fe inquebrantable en la vida eterna.

2. Caminar el laberinto con el corazón abierto (Pastoral del Duelo)

 Caminar el laberinto con el corazón abierto


Querido/a amigo/a:
 El duelo no es un camino recto; es, como bien sabes, un laberinto. Hay días en los que parece que avanzas hacia la salida y, de repente, una fecha, un olor o un recuerdo te devuelve al centro del dolor.
Si hoy te acompaña la rabia (con la vida, con los médicos, o incluso con Dios), no te castigues; la rabia es solo el escudo que usa tu amor herido para protegerse de la ausencia. Si te asalta la culpa, recuerda que es la trampa que inventa nuestra mente para intentar controlar lo que ya era inevitable. Si sientes alivio porque tu ser querido ya no sufre, no te sientas un traidor; el alivio es una reacción humana y compasiva. Y si hoy solo sientes un enorme vacío o anestesia, date permiso para descansar en ese silencio. No existen emociones malas en el duelo. Todas ellas son las piezas del mapa que necesitas transitar para sanar.
No estás loco/a, ni eres débil, ni te falta fe. Estás amando en la ausencia.
Mira a Jesús en el Huerto de los Olivos o ante la tumba de su amigo Lázaro. Él, siendo el Hijo de Dios, lloró, sintió angustia profunda y experimentó el peso del dolor. Dios no es ajeno a tu laberinto; Él no te mira desde fuera exigiendo que seas fuerte. Al contrario, está dentro del laberinto contigo, sosteniendo cada una de tus lágrimas y validando cada uno de tus suspiros.
Hoy te invitamos a soltar las exigencias externas y las máscaras. Deja que tus sentimientos salgan, ponles nombre, color y lugar en tu cuerpo. Pon tu dolor a los pies de la luz de Cristo y recuerda la promesa: aunque camines por cañadas oscuras, no vas solo. Date tiempo. Sé amable contigo mismo. Tu ritmo es el correcto.