Cada 1 de noviembre, la Iglesia celebra una fiesta inmensa:
Todos los Santos.
No solo los canonizados… sino todos los que están en el Cielo, conocidos o desconocidos, recordados o ignorados en la tierra.
Es la fiesta de los que vivieron el Evangelio en silencio, de los que amaron sin aplausos, de los que fueron fieles en lo pequeño.
Es el recordatorio de que la santidad no es un privilegio, es una llamada universal.
La Iglesia no celebra la perfección humana, sino la victoria de la gracia.
Porque un santo no es alguien que nunca cayó, sino alguien que nunca dejó de levantarse.
Hoy, el Cielo no está lejos.
Hoy celebramos a los que ya llegaron…
y que nos esperan.
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