El fenómeno del sufrimiento es una experiencia global. Está presente a lo largo de toda la vida. Afecta a la persona en todas y en cada una de sus dimensiones:
- Corporal
- Emocional
- Mental
- Social
- Valórica
- Espiritual-religiosa
Cuando muere un ser querido, tomamos conciencia de la realidad de ser también nosotros mismos mortales, que hemos de morir. Si es muy querido el difunto, decimos morir nosotros mismos un poco. En esa persona muerta se resquebraja una prolongación de nuestro yo, porque ella sentía con nosotros y nosotros sentíamos con ella o para ella:
«El duelo (la pena) no es un desorden de conducta aun cuando produzca alteraciones en la conducta; tampoco es un conflicto intra psíquico, aunque genere sufrimiento intra psíquico. Es la pérdida de la relación, la pérdida del contacto con el otro, que rompe el contacto con uno mismo. Es una experiencia de fragmentación de la identidad, producida por un vínculo afectivo: una vivencia multidimensional que afecta no sólo a nuestro cuerpo físico y a nuestras emociones, sino también a nuestras relaciones con los demás y con nosotros mismos, a nuestras cogniciones, ciencias y presuposiciones y a nuestro mundo interno existencial o espiritual».
He aquí las principales reacciones que pueden darse, con mayor o menor intensidad:
1. En la dimensión corporal:
- Debilidad muscular. Temblores. Falta de energía.
- Llanto fácil, sollozo, lamento, suspiros. El llanto es una reacción universal en el duelo.
- Dolor de cabeza. Dolores agudos en el cuerpo6. Calambres.
- Sequedad de boca. Sensación de estómago vacío.
- Hiperventilación, dificultades respiratorias.
- Fatiga continua.
- Opresión en el pecho y nudo en la garganta.
- Taquicardias. Hipertensión.
- Trastornos alimenticios: anorexia y pérdida de peso (o lo contrario, por la ansiedad).
- Alteración en el sueño.
- Hipersensibilidad al ruido.
- Estados de confusión. Distracciones.
- Dificultad en la memoria.
- Enfermedades neoplásicas por inmunodeficiencia provocada por estados depresivos.
- Aumento de la morbimortalidad (en especial, en personas muy ancianas).
2. En la dimensión emocional:
- Pérdida de la alegría anterior8. Tristeza honda. Síntomas afines a la depresión. Depresión misma.
- Ansiedad, angustia, agitación.
- Culpa y autorreproche.
- Desgarro y vacío interiores.
- Profunda soledad. Sentimiento de abandono.
- Irritabilidad y mal humor, bronca.
- Resentimiento contra alguna persona, grupos y todo el mundo.
- Ambivalencia emocional con el difunto.
- Añoranza. Deseo de presencia del fallecido, incluso en el sueño.
- Obsesión por recuperar la pérdida.
- Necesidad de hablar de/con el muerto.
- Deseo de unirse al muerto. Reunificación mágica.
- Sensación de perder una parte del propio cuerpo.
- Sentimiento de impotencia, inutilidad.
- Malestar general en ciertas fechas y fiestas
- Reproche por no haberlo/a disfrutado más.
- Aprensión de que suceda algo malo, miedos.
- Apegarse a seres queridos, ante posibles muertes.
- Síndrome de “duelo ambivalente”: mezcla de sensación de alivio con culpa.
- Extrañeza ante el mundo habitual. Insensibilidad y desinterés.
- Pérdida de autoestima: no considerarse destinatario del propio y ajeno amor.
- Falta de deseo sexual.
3. En la dimensión mental:
- Incredulidad de la situación. No aceptación de la realidad.
- Desorientación de la propia identidad.
- Confusión y aturdimiento mental.
- Sentirse víctima.
- Dificultad de atención, concentración y coordinación mental.
- Obsesión por encontrar respuestas.
- Alucinaciones visuales, auditivas...
- Deseos de soñar con el difunto.
- Buscar y llamar en voz alta al ser querido.
- Guardar objetos y recuerdos del difunto.
- Acatar mensajes negativos del sufrimiento: “Nunca más…”
- Centrar la mente y la conversación en el fallecido.
- Golpe al narcisismo del yo.
- Sensación de orfandad: “padres huérfanos”.
- Vivir en la ambivalencia emocional respecto al muerto.
- Cisma en el “tiempo vital”: un antes y un después.
- Evitar espacios que recuerden momentos dolorosos.
- Visitar lugares que recuerden al fallecido.
- Evitar ver fotos o videos donde el ser querido “está en movimiento”.
- Uso de mecanismos de defensa: negación, represión, enmascaramiento, desviación, evitación, fijación, racionalización, regresión, aislamiento, somatización, identificación, hiperactivismo, idealización.
- Constatación de las propias limitaciones y que no todo está bajo control.
- Planteamiento del destino del fallecido y de los vivos.
4. En la dimensión social:
- Autoaislamiento social.
- Hiperactividad.
- Hipersensibilidad a ruidos, risas, temas superficiales...
- Deseos de super protección.
- Creencia de no poder pedir ayuda ni recibirla.
- Deseos de ser compadecido.
- Considerar que “todos” se fijan de rabillo en el doliente.
- Conductas distraídas.
- Desconcentración en el trabajo.
- Despreocupación por lo cotidiano y por los cercanos.
- Ausencia de proyectos comunitarios.
- Pérdida del sentido de autoridad.
- Desinterés por los acontecimientos exteriores.
- En las conversaciones, permanente autorreferencia al propio sufrimiento.
- Desconcierto de ver cómo los demás siguen viviendo y son felices.
- En esta dimensión hay que incluir todo lo normal y “anómalo” referente al luto.
5. En la dimensión valórica:
- Baja autoestima y “des-valorización” personal.
- Descuido de la propia persona, comenzando por la dimensión corporal.
- No considerarse dignos de ser felices.
- No merecer vivir situaciones alegres placenteras.
- “Des-valorización” de las cosas y tareas cotidianas.
- Decaimiento de las responsabilidades propias.
- Por la saturación del propio sufrimiento, insensibilidad por la aflicción ajena.
- Tendencia a disminuir la afectividad con los demás, incluso con los más allegados.
- Introducir el miedo en el cuerpo y perder “valor” ante la vida.
- Pérdida de valor moral por anteriores actuaciones indebidas.
- Pérdida interior de valores que habían sido asumidos.
- Decaimiento en las virtudes.
- Desorientación axiológica.
- Pérdida de control de los propios límites.
- Asumir estilos insanos de vida.
- Tendencia a adicciones.
- Caída en “nuevas dependencias.
- Conductas alienantes.
6. En la dimensión espiritual-religiosa:
- Conciencia de la finitud humana: somos mortales.
- Crisis del sentido vital y de los estilos de existencia.
- Examen profundo de la propia vida.
- Replanteos radicales de la propia existencia.
- Búsqueda de una nueva identidad.
- Posible ambivalencia en la vida religiosa: aferramiento/distanciamiento.
- Incapacidad para orar.
- Crisis de fe. Descreimiento.
- Dudas del amor y bondad de Dios.
- Sentirse abandonado por Dios.
- Desconcierto por el silencio de Dios.
- Resentimiento contra Dios.
- Alejamiento eclesial-comunitario.
Como puede observarse, algunos de estos síntomas, que son propios del cuadro depresivo, de los estados de angustia o ansiedad, del distrés postraumático o de otras patologías, son componentes normales en los duelos por la muerte de seres queridos, sin que por ello se asocien a dichas clasificaciones.
Por otro lado, es frecuente observar que el doliente por un tiempo prolongado (unos dos años) puede adquirir un estado de ánimo con síntomas parecidos a los distímicos, sin que por ello se trate de la propia y vera distimia.
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