EL PAN QUE SE PARTE SANA UN MUNDO ROTO
Queridos hermanos y hermanas:
Hoy nuestra comunidad parroquial se viste de fiesta. Salimos espiritualmente a la calle y nos postramos ante el misterio más grande de nuestra fe: la Eucaristía. Hoy es el Corpus Christi, el Día del Cuerpo y la Sangre de Cristo. Pero hoy también es un día de mirar al hermano, porque celebramos el Día de Cáritas, el Día de la Caridad.
Además, este año lo vivimos con una alegría eclesial única, unidos de corazón a la histórica visita que el Papa León XIV está realizando a nuestra tierra, invitándonos a "alzar la mirada" hacia el cielo y hacia los márgenes de nuestra sociedad.
1. El peligro del olvido en el desierto (Deuteronomio 8)
En la primera lectura, Moisés habla al pueblo de Israel y le hace una advertencia muy seria: «No te olvides del Señor tu Dios». Les recuerda el desierto, la tierra de las serpientes y los escorpiones, la sed profunda. Y les recuerda el maná, ese pan desconocido con el que Dios los alimentó.
Hermanos, el desierto del pueblo de Israel es muchas veces nuestro propio desierto. Vivimos en una sociedad que corre muy deprisa, un mundo a menudo árido por la prisa, la polarización, el individualismo y la soledad. En medio de este desierto moderno, el gran peligro del cristiano es la amnesia espiritual: olvidarnos de Dios y olvidarnos de los demás. Cuando nos llenamos de nuestras propias seguridades, el corazón se nos endurece. Por eso Dios nos sienta hoy a su mesa y nos dice: «Acuérdate de mí. Yo soy tu alimento».
2. El Pan vivo que sana la indiferencia (Juan 6)
En el Evangelio de San Juan, Jesús eleva la promesa del desierto a su máxima plenitud: «Yo soy el pan vivo bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre».
La Eucaristía que estamos celebrando en este altar no es un mero recuerdo del pasado. No es un símbolo vacío. Es Cristo vivo, de carne y hueso, que se entrega. Jesús no se nos da como un premio para perfectos, sino como medicina para los débiles. Se hace pan tierno para entrar en nuestras vidas y sanar nuestras heridas, especialmente la peor herida de nuestro tiempo: la indiferencia.
Cuando comulgamos, sucede algo maravilloso y único: a diferencia de la comida normal, que se transforma en nosotros, al comer este Pan Divino, nosotros nos transformamos en Cristo. Por lo tanto, si comulgamos con Jesús, tenemos que comulgar con sus sentimientos, con su estilo de vida y con su amor por los que sufren.
3. Elige Amar, Elige Comunidad (Día de Cáritas)
Aquí es donde el Corpus Christi se une de forma inseparable al Día de Cáritas. El lema que se nos propone este año es una llamada directa al corazón: "Elige Amar, Elige Comunidad".
San Pablo nos lo ha dicho muy claro en la segunda lectura: «El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo». No existe una Eucaristía privada. La comunión nos une a Dios, pero inmediatamente nos ata al hermano.
No podemos adorar a Cristo en la custodia del altar si después lo despreciamos o lo ignoramos en la custodia viviente que es el pobre, el enfermo, el anciano que vive solo en nuestro barrio, o el inmigrante que llega a nuestras costas buscando dignidad. La mesa del altar y la mesa del pobre son la misma mesa. Cáritas no es una ONG de la parroquia; Cáritas es el termómetro de nuestra fe, es la Iglesia misma con el delantal puesto, lavando los pies del mundo.
Querida comunidad, hoy el Papa León XIV nos invita desde la capital a no cerrar los ojos. Al recibir hoy el Cuerpo de Cristo, hagamos un compromiso firme en nuestra parroquia. Que nuestras manos, tras unirse en oración, se abran para dar. Que nuestras vidas se conviertan, como la de Jesús, en "pan partido y repartido" para los demás.
Salgamos hoy de esta celebración decididos a construir comunidad, a derribar muros de desconfianza y a elegir el amor en cada pequeña decisión diaria. Que la Virgen María nos enseñe a hacer de nuestra parroquia una verdadera casa de acogida y de caridad.
Que así sea.
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