Estimados hermanos y hermanas, ¡buenas tardes!
Agradezco al Cardenal Arzobispo la cordial bienvenida y las palabras que me ha dispensado, así como también al delegado de pastoral social y a quienes han compartido con nosotros sus testimonios sobre las realidades de caridad y asistencia diocesanas. Quisiera agradecer a Renzo su carta y las preguntas que me hace, voy a intentar responder algunas.
La que ya contesté es que no quería ser Papa, ni como joven ni como viejo, pero cuando el Señor llama hay que decir sí. Antes de responder a las preguntas sólo quiero decirles muchas gracias por la acogida y que aquí de verdad me siento en casa. Y gracias por todo lo que ustedes representan.
La razón que pensarán —obvia, evidente— es porque es San Agustín pero, les cuento que la primera vez que vine a esta iglesia —no estaba este Arzobispo aquí a mi lado—, era 1984, viajaba por tierra desde Roma a León, llegué y dije: miren en Barcelona hay una iglesia de San Agustín, vamos a visitarla. Estaba cerrada, hoy está abierta. Y qué hermoso es encontrar una iglesia con una comunidad de agustinos y con tantas personas que viven, que alaban a Dios, que encuentran comunidad, acogida, integración en esta iglesia y en esta pastoral social. Muchas gracias a todos, de verdad.
En cuanto a la pregunta sobre el fútbol, todo el mundo sabe que ahora juego tenis, jugaba fútbol como joven, pero fútbol americano, un poco más violento, pero también con los seminaristas cuando estaba en Trujillo jugaba fútbol, en defensa, si quieren saber, no era un gran goleador pero cuando estaba primero en Roma donde viví la primera experiencia del mundial, en 1982 que fue aquí en España. Luego, en Perú con los seminaristas seguía mucho los equipos locales; pero también jugaba con los seminaristas, un poco de deporte hace bien para todos, hay que buscar cómo, digamos, conservar y estar en buena salud: cuerpo, mente y alma. Entonces, eso sí ha sido parte de mi vida. Pues el fútbol también nos ayuda a recordar algo muy importante: que la vida no es una carrera para vivir en una forma solitaria, es algo que se juega en equipo y hay que aprender a correr juntos. Entonces, en ese sentido, uno que puede ser una estrella pero que nunca pasa la pelota, pues no deja que los otros entren en el juego y probablemente va a perder. Y entonces, también pensando en nosotros, y pensando en cómo integrar en un equipo, pues también quiero reconocer y felicitar todo lo que están haciendo aquí. Segunda pregunta, ya contesté, pero, sigo un poco el texto si no nos vamos a perder y terminamos a las 8.30.
Me preguntas si de pequeño quería ser Papa. Bueno, Renzo, creo que no. Yo creo que nunca lo pensé. Pero sí puedo decirte algo: desde pequeño sentí el deseo de entregar mi vida a Dios. No sabía todavía del todo cómo ni por dónde me llevaría el Señor. Con el tiempo fui descubriendo que Jesús me llamaba a seguirlo como sacerdote, y que ese camino pasaba por la orden de san Agustín. Pero esto no vale sólo para mí. Todo niño es un sueño de Dios. Tú también lo eres. Dios desea la felicidad de todos y quiere que, desde pequeños y durante toda la vida, conservemos un corazón como el de los niños: capaz de confiar, lleno de bondad; quiere que seamos sus amigos y no nos apartemos de Él. Por eso, más importante que preguntarse si uno será sacerdote, médico, maestro, padre de familia o cualquier otra cosa, es preguntarse si quiere ser amigo de Jesús. Porque la amistad con Jesús nos da alegría, nos hace libres y nos ayuda a ver, paso a paso, la vocación y el camino que Dios ha pensado para cada uno.
No es fácil encontrar la respuesta, Renzo, a tu pregunta sobre por qué hay personas a las que les pasan cosas malas y, en cambio, a otras no. Pensar en la vida de Jesús quizás nos puede ayudar. La Palabra de Dios nos dice que nuestro Señor «pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo» y, sin embargo, sabemos que fue crucificado. Pero ahí no terminó la historia, porque resucitó al tercer día, y venció al mal y venció a la muerte. A través de la vida de Jesucristo, Dios nos muestra que, aunque haya sufrimiento, Él nunca abandona a ninguno de sus hijos, porque nos tiene preparada una alegría eterna donde ya no habrá tristezas ni dolor. Tengamos confianza, Jesús está con nosotros, nos ayuda y acompaña, y nos da fuerzas para atravesar los momentos difíciles que podamos encontrar en la vida.
Sobre los abuelos: Sí, los abuelos son muy importantes en la vida de las familias. Nunca deberían quedarse solos. A menudo, ellos son los que cuidan a los nietos mientras los padres van a trabajar y así, con cariño y dedicación, ayudan a los niños a conocer el amor a Dios y al prójimo, para que eche raíces en sus corazones y un día lleguen a ser hombres y mujeres de bien. Y ¿cómo debemos corresponder al amor?, pues con amor. Es lo que Jesús quiere que hagamos. Cuidar y acompañar a nuestros abuelos en su vejez, así como ellos, a su tiempo, cuidaron de nosotros. No permitamos que la soledad y el abandono se normalicen en la vida de los adultos mayores. Eso es algo muy triste. Tengamos nuestro corazón abierto a todos ellos; y aunque no sean nuestros abuelos, no permitamos que se sientan solos ni desprotegidos. Porque, si no queremos la soledad para nosotros, tampoco debemos permitirla para los demás.
Con respecto a si debemos perdonar siempre, Jesús nos dice que sí. Un día Pedro le preguntó: «Señor, si alguien me hace daño, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?». Y Jesús le respondió: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete». Con eso Jesús quiso decir, y quiere decir a nosotros: perdona siempre. Pero hay que entender bien qué significa perdonar. Perdonar no significa decir que lo malo estuvo bien, ni dejar que alguien siga haciendo daño. No significa olvidar por la fuerza, como si nada hubiera pasado. Perdonar significa no dejar que el odio se convierta en dueño de nuestro corazón. Jesús nos pide perdonar porque es la única manera de experimentar la paz de Dios y de sanar heridas espirituales. Cuando perdonamos imitamos el ejemplo de Jesús, que perdonó a quienes lo crucificaban. Nuestra disposición para perdonar es condición para el perdón que recibimos de Dios.
Hermanos y hermanas: Estar aquí, en la iglesia de Sant Agustín, abre nuestro corazón a una verdad que el santo Obispo de Hipona nos indica: ser cristianos es, ante todo, un regalo, una gracia. Cimentados en Cristo, que es la piedra viva, experimentamos la acción del Espíritu Santo, con la convicción de que todo esfuerzo realizado sinceramente para cooperar con Él en favor de nuestro prójimo será bendecido por el Padre celestial, en quien ponemos nuestra esperanza. Como miembros del Cuerpo Místico de Cristo, estamos realmente ligados al destino de aquellos a quienes Dios ama e invita a participar de su vida.
Llamados a amar a Dios, y por amor a Él, a nuestros hermanos, somos también enviados a salir al encuentro de todos. El cristiano, además de ser bondadoso y amable, ha de ser compasivo, amar sin interés y buscar el bien de los demás, sabiendo que en cada hermano y hermana que sufre es el mismo Señor quien pide y recibe, quien es acogido o rechazado, amado o despreciado.
La caridad evangélica, fundada en Jesucristo y alimentada por su amor, da forma e identidad a la vida personal y comunitaria de todo cristiano. De ahí que cada comunidad eclesial diocesana, movida por la caridad e instruida por el Espíritu Santo, está llamada a acercarse, según sus propias posibilidades y capacidades, con discreción, delicadeza y perseverancia a las heridas y necesidades de los más pequeños y vulnerables para aliviar sus sufrimientos y remediar su pobreza. Lo hace imitando la generosidad de nuestro Señor Jesucristo que, por amor a nosotros, siendo rico, se hizo pobre para enriquecernos con su gracia y su salvación, y nos llama también a reconocerlo y socorrerlo en los más necesitados.
Por eso, es una alegría encontrarme esta tarde con todos vosotros que, de diferentes maneras, estáis concretamente vinculados a la asistencia, acompañamiento y promoción de quienes más lo necesitan, sobre todo en los tiempos que estamos viviendo, en los que parece haberse perdido el sentido de la dignidad sagrada del ser humano.
Me gustaría subrayar que como cristianos estamos llamados a la tarea de hacer presente el amor de Dios por cada hombre y cada mujer, en el tejido concreto de la historia. El libro del Génesis nos narra que Dios creó «al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, varón y mujer los creó». En ello radica la dignidad inalienable de todo ser humano, que no depende de las capacidades que posee, de las riquezas que acumula o del rol que desempeña, sino del don que lo precede y lo excede, dado por Dios como expresión de su amor que nunca falla.
El Señor, pues, nos invita a acoger a toda mujer como hermana y a todo hombre como hermano. Como hijos del mismo Padre, toda persona está constitutivamente hecha para la relación; ha sido pensada y querida por Dios para entrar en una historia de comunión con Él, con los demás y con la creación. Una expresión singular de este anhelo divino la constituyen las realidades diocesanas de caridad y asistencia de las que vosotros formáis parte y que lleváis adelante con esfuerzo y dedicación, con la conciencia de que la persona humana está en el centro de la acción de la Iglesia y de que la caridad es «el mayor mandamiento social».
Os aliento a que, unidos a vuestros pastores, continuéis animando estos apostolados, dando testimonio del Evangelio y mostrando al mundo la belleza de la vida cristiana, que anticipa aquí y ahora la justicia y la paz que serán plenas en el Reino de Dios. Sed, pues, testigos creíbles de la esperanza cristiana en el servicio solícito a los hermanos y hermanas que, en una condición de vida precaria, marcada por la privación, la fragilidad o la marginación, además de ayuda material y sostén moral, necesitan a Dios, su amistad, su bendición, su Palabra, sus Sacramentos y la propuesta de un camino de crecimiento y de maduración en la fe.
Deposito a los pies de Nuestra Señora del Buen Consejo vuestro trabajo y vuestra entrega, para que su intercesión os acompañe y el Señor haga fructificar abundantemente todo el bien que procuráis. Que Dios os bendiga. Muchas gracias.
No hay comentarios:
Publicar un comentario