La Asunción de María, el Triunfo de la Humildad
LECTURAS BÍBLICAS
1ª lectura: Apo. 11, 19ª; 12,1-6ª.10ab.
2ª lectura: 1Cor. 15, 20-27ª
EVANGELIO
San Lucas 1, 39-56:
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Una fiesta de esperanza
Queridos hermanos y hermanas:
Hoy la Iglesia se viste de fiesta para celebrar una de las solemnidades más bellas y consoladoras del año litúrgico: la Asunción de la Santísima Virgen María en cuerpo y alma a los cielos.
En pleno corazón del verano, cuando el cansancio del año se hace sentir, la liturgia nos invita a levantar la mirada al cielo. No miramos al espacio vacío, sino que contemplamos a una Madre que ya ha llegado a la meta. La Asunción no es un mito ni una simple tradición piadosa; es el dogma de fe que nos recuerda que María, por haber sido preservada del pecado, no conoció la corrupción del sepulcro. Ella participa ya de manera plena, en cuerpo y alma, de la victoria de su Hijo Jesús.
1. El secreto de María: La prisa por servir
El Evangelio de hoy nos muestra el camino que llevó a María a esta gloria tan alta. San Lucas nos dice que, tras recibir el anuncio del ángel, María se levantó y partió «de prisa» a la montaña para ayudar a su prima santa Isabel.
Es un detalle precioso. Quien llevaba en su seno al Rey del universo no se quedó en casa exigiendo atenciones. Al contrario, se hizo sierva. Salió al camino, cruzó montañas y se entregó al servicio doméstico de su familia.
Aquí radica el primer gran mensaje para nuestra vida: el camino hacia el cielo se construye en la tierra a través del servicio diario. María es elevada a lo más alto de los cielos porque primero supo abajarse a lo más humilde de la tierra. Su grandeza no nació del poder, sino de su capacidad de amar y servir sin reservas.
2. El Magníficat: La revolución de los humildes
Al encontrarse con Isabel, brota de los labios de la Virgen el canto del Magníficat. Es un canto de alabanza, pero también una declaración profética que sacude los cimientos de los criterios de este mundo.
María canta: «El Señor derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes; a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos».
Nuestra cultura actual nos repite constantemente que para ser felices hay que ser fuertes, ricos, independientes y famosos. Sin embargo, la fiesta de hoy demuestra que Dios tiene otra lógica. Dios se enamora de la pequeñez. La Asunción es la prueba definitiva de que las promesas del Magníficat son verdaderas: la humilde esclava de Nazaret es hoy coronada como Reina de la creación.
3. Nuestra carne tiene destino de eternidad
La segunda lectura de san Pablo a los Corintios nos recordaba que Cristo ha resucitado como «primicia» de los que durmieron. María, la primera y perfecta discípula, sigue los pasos de su Hijo.
Esto nos deja una enseñanza profundamente reconfortante sobre nosotros mismos. En un mundo que a veces idolatra el cuerpo físico a través de la estética, pero que al mismo tiempo lo maltrata o lo ve solo como un objeto descartable, la Asunción dignifica nuestra condición humana.
Esta fiesta nos dice que nuestros cuerpos, nuestra materia, el cansancio de nuestras manos y el sudor de nuestra frente importan para Dios. Tu cuerpo no está hecho para el polvo de la nada; está hecho para la resurrección. María nos precede en ese destino. Al contemplarla a ella en la gloria, vemos el reflejo de lo que Dios quiere hacer con cada uno de nosotros al final de los tiempos.
Un signo de consuelo
Hermanos, el Apocalipsis nos ha descrito hoy una batalla espiritual: la mujer vestida de sol frente al gran dragón del mal. Muchas veces sentimos que ese dragón (en forma de enfermedad, problemas familiares, injusticias o crisis de fe) nos acecha y nos debilita.
Pero hoy no es un día para el temor. María en el cielo es, como dice el Concilio Vaticano II, «signo de esperanza cierta y de consuelo para el pueblo de Dios que peregrina». Ella nos cuida con amor maternal y nos recuerda que el mal y la muerte no tienen la última palabra.
Que al salir hoy del templo renovemos nuestro deseo de caminar como ella: con los pies firmes en la tierra del servicio y los ojos puestos en la gloria del cielo.
Santa María, Asunta al cielo, ruega por nosotros. Amén.
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