Trabajar por el alimento que no perece
LECTURAS BÍBLICAS
1ª lectura: Is. 55,1-3.
2ª lectura: Ro. 8,35.37-3
EVANGELIO
San Mateo 14, 13-21
El peligro de la fe por interés
El Evangelio nos sitúa inmediatamente después de uno de los momentos más espectaculares del ministerio de Jesús: la multiplicación de los panes y los peces. Aquella multitud, maravillada por haber comido gratis hasta saciarse, se pone en marcha, toma barcas y cruza el lago buscando desesperadamente a Jesús. Cualquiera de nosotros, desde una perspectiva humana, pensaría que esto es un éxito pastoral rotundo. ¡Toda la gente busca al Maestro!
Sin embargo, Jesús, que conoce los corazones y lee nuestras intenciones secretas, no se deja engañar por el entusiasmo de las masas. En lugar de complacerlos, los confronta con una verdad incómoda: "Os lo aseguro, me buscáis no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros".
Jesús les está diciendo que lo buscan por puro interés material. Lo buscan como a un rey mago, como un ser que nos saque de crisis económicas, como a alguien que les asegura el bienestar material sin esfuerzo. Y esa misma advertencia resuena hoy en esta iglesia, para cada uno de nosotros. ¿Por qué buscamos a Dios? ¿Qué venimos a pedir al altar? ¿Buscamos al Dios de los milagros, o buscamos sinceramente al Dios que nos transforma la vida?
1. La tentación de preferir las ollas de Egipto
Esta actitud de la multitud no es nueva; es la eterna tentación del corazón humano ( primera lectura del libro del Éxodo). El pueblo de Israel, liberado de la esclavitud, se encuentra caminando por el desierto camino a la Tierra Prometida. El camino es duro, hay fatiga y falta comida. ¿Y cuál es su reacción? Rompen a murmurar contra Moisés y contra Dios. Llegan a decir una frase terrible: "¡Ojalá hubiéramos muerto a manos del Señor en la tierra de Egipto, cuando nos sentábamos junto a las ollas de carne y comíamos pan hasta hartarnos!".
Es increíble. Preferían ser esclavos en Egipto con el estómago lleno, que ser hombres libres en el desierto caminando con Dios. A veces, nosotros hacemos lo mismo. Cuando aparecen las dificultades, las crisis familiares, la enfermedad o la escasez, nos entra la nostalgia de nuestras "ollas de Egipto". Preferimos las falsas seguridades del mundo, el conformismo de una vida materialmente cómoda pero espiritualmente vacía, antes que el riesgo y la aventura de confiar plenamente en la Providencia divina.
Dios, con una paciencia infinita, escucha la queja y les envía el maná. Pero el maná era solo una señal temporal; saciaba el cuerpo por un día, pero al día siguiente volvían a tener hambre, y terminaron muriendo en el desierto. Las cosas materiales mitigan nuestra necesidad un momento, pero no la resuelven para siempre.
2. Trabajar por lo que de verdad perdura
Por eso, Jesús nos da hoy una instrucción clara: "Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna".
Vivimos en una sociedad hiperactiva, donde trabajamos incansablemente. Nos desvivimos por pagar facturas, por acumular posesiones, por asegurar el estatus, por alcanzar un bienestar físico perfecto. Nos desgastamos persiguiendo cosas que, tarde o temprano, van a caducar. Compras un coche nuevo y a los pocos años es viejo; consigues un logro profesional y a la semana siguiente ya te exigen más. Es el alimento que perece.
Jesús no nos pide que descuidemos nuestras obligaciones diarias, pero nos pregunta: ¿Cuánto tiempo y energía inviertes en alimentar tu alma? ¿Qué haces por tu matrimonio, por la educación en la fe de tus hijos, por tu paz interior, por tu relación con Dios?
Cuando la gente le pregunta a Jesús qué tienen que hacer para realizar las obras de Dios, la respuesta rompe todos los esquemas humanos. No les pide una lista interminable de sacrificios o normas. Jesús responde: "La obra de Dios es esta: que creáis en el que él ha enviado". El verdadero trabajo espiritual no consiste en acumular méritos, sino en confiar, en abrir el corazón y dejarse empapar por el amor de Jesucristo.
3. "Yo soy el Pan de Vida"
La cumbre del Evangelio de hoy es una de las afirmaciones más solemnes e importantes de toda la Escritura. Jesús se revela diciendo: "Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás".
Hermanos, el ser humano tiene un hambre que va mucho más allá de un trozo de pan o de un plato de comida. Tenemos hambre de que nos amen de verdad, hambre de justicia en un mundo egoísta, hambre de perdón cuando nos equivocamos, hambre de sentido ante el dolor y la muerte. Ese vacío profundo del corazón no se llena con dinero, ni con pantallas, ni con aplausos, ni con placeres efímeros. Ese vacío tiene la forma de Dios, y solo Dios lo puede llenar.
Como nos ha dicho San Pablo en la segunda lectura, celebrar este misterio implica "despojarse del hombre viejo" —ese estilo de vida pagano, insatisfecho, que busca saciarse con los engaños del mundo— y "revestirse del hombre nuevo", creado a imagen de Dios
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Cada domingo nos reunimos en torno a la mesa. La Eucaristía es el cumplimiento de la promesa de Jesús. Aquí no recibimos un simple símbolo; lo recibimos a Él en persona, hecho Pan de Vida para sostenernos en nuestro caminar por el desierto de este mundo.
Al acercarnos hoy a comulgar, no lo hagamos por costumbre, ni por rutina, ni buscando un Dios a nuestra medida. Digámosle con la misma humildad y el mismo deseo que aquella multitud del Evangelio: "Señor, danos siempre de ese pan". Danos el pan de tu palabra que nos orienta, el pan de tu cuerpo que nos fortalece, y el pan de tu amor que nos capacita para salir a compartir y saciar el hambre de esperanza de tantos hermanos que sufren a nuestro alrededor.
Que la Virgen María nos enseñe a guardar la Palabra en el corazón y a confiar siempre en la generosidad de su Hijo.
Amén.
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