sábado, 18 de julio de 2026

Domingo 16, tiempo ordinario: 19 de julio de 2026

 

Dejadlos crecer juntos hasta la siega…

Monición de Entrada
Hermanos y hermanas:
Bienvenidos a la celebración de la Eucaristía en este décimo sexto domingo del Tiempo Ordinario. Hoy, la Palabra de Dios nos invita a contemplar el misterio de su paciencia y su infinita misericordia. En un mundo donde a menudo nos apresuramos a juzgar y a condenar, Dios nos muestra que Él prefiere esperar con amor. Él hace crecer juntos el bien y el mal, dándonos siempre una oportunidad para la conversión. Con la alegría de sabernos amados por un Padre tan comprensivo, y con el deseo de que la buena semilla dé frutos en nosotros, comenzamos esta Santa Misa cantando juntos.
MONICIÓN A LAS LECTURAS
    • A la Primera Lectura (Sabiduría 12, 13. 16-19):
      Escucharemos un hermoso canto a la moderación de Dios. A diferencia de los seres humanos, que solemos usar el poder para imponer la fuerza, Dios —que lo puede todo— elige gobernarnos con paciencia y darnos tiempo para el arrepentimiento.
    • A la Segunda Lectura (Romanos 8, 26-27):
      San Pablo nos consuela hoy recordándonos que no estamos solos en nuestras luchas cotidianas. Cuando no encontramos las palabras para orar o nos sentimos débiles, el Espíritu Santo intercede por nosotros con gemidos profundos.
    • Al Evangelio (Mateo 13, 24-43):
      Jesús nos habla hoy a través de parábolas, especialmente la del trigo y la cizaña. Frente al deseo humano de arrancar el mal de manera inmediata, el Señor nos pide paciencia y confianza, recordándonos que el tiempo presente es el tiempo de la misericordia. Nos ponemos en pie para la aclamación del Santo Evangelio.

INTRODUCCIÓN

Como todas las parábolas se trata de un relato completamente inofensivo por sí mismo, pero que, descubriendo la intención del que la relata, puede llevarnos a una reflexión muy seria sobre la manera que tenemos de catalogar a las personas en dos categorías excluyentes: buenos y malos. (Fray Marcos)

TEXTOS LITÚRGICOS

1ª lectura: Sab.12.13.16-19.                    2ª lectura: Ro. 8,26-27

EVANGELIO

Mateo 13, 24-30

En aquel tiempo, Jesús propuso otra parábola a la gente: «El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero, mientras la gente dormía, su enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña. Entonces fueron los criados a decirle al amo: «Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?» Él les dijo: «Un enemigo lo ha hecho.» Los criados le preguntaron: «¿Quieres que vayamos a arrancarla?» Pero él les respondió: «No, que, al arrancar la cizaña, podríais arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega y, cuando llegue la siega, diré a los segadores: Arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en mi granero.»»

HOMILÍA: LA PACIENCIA DE DIOS Y EL TRIGO DE NUESTRAS VIDAS
Queridos hermanos y hermanas en Cristo:
Las lecturas de la Palabra de Dios de este domingo nos sitúan ante uno de los misterios más profundos, y a veces más dolorosos, de la existencia humana: la coexistencia del bien y del mal. Todos nosotros, al mirar el mundo que nos rodea —las noticias, la política, las divisiones sociales— y, de manera aún más íntima, al mirar dentro de nuestros propios corazones, nos hacemos a menudo la misma pregunta que los criados de la parábola: «Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde, pues, tiene cizaña?».
Jesús nos responde hoy con la Parábola del trigo y la cizaña. Nos explica que el Reino de los Cielos no es un laboratorio esterilizado donde solo habitan los perfectos. El Reino crece aquí, en la tierra, en un campo abierto donde el enemigo aprovecha la noche y el descuido para sembrar el mal.
Frente a esta realidad, la primera reacción humana suele ser la impaciencia. Los criados, llenos de un celo amargo, quieren arrancar la cizaña de inmediato. Quieren limpiar el campo ya. ¿No nos pasa lo mismo a nosotros? Cuántas veces caemos en la tentación de clasificar el mundo de forma binaria: los buenos y los malos, "los nuestros" y "los otros". Cuántas veces quisiéramos extirpar por la fuerza aquello que nos molesta, aplicando una justicia rápida, rígida y cortante.
Sin embargo, la respuesta del Amo del campo es desconcertante: «Dejadlos crecer juntos hasta la siega».
¿Por qué detiene Dios la mano de los criados? El Evangelio nos lo dice con claridad: «No sea que, al arrancar la cizaña, arranquéis también el trigo». Dios protege el trigo. Para Dios, la salvación de una sola brizna de trigo es infinitamente más importante que la destrucción inmediata de la cizaña. Dios no actúa con los criterios de eficacia o de limpieza social de este mundo. Dios actúa con la lógica del amor.
La primera lectura, del Libro de la Sabiduría, nos revela el verdadero rostro de este Dios: «Tú, siendo soberano del poder, juzgas con moderación y nos gobiernas con mucha indulgencia». Qué contraste tan hermoso. El Dios que lo puede todo, el único que tendría el derecho absoluto de juzgar y destruir el mal en un segundo, elige la moderación y la indulgencia. ¿Por qué? Porque Dios no busca la muerte del pecador, sino que se convierta y viva. Dios nos da tiempo porque el ser humano, a diferencia de las plantas, puede cambiar. En el campo del Señor, lo que hoy es cizaña, mañana —por la gracia de la conversión— puede transformarse en un trigo limpio y maduro.
Esto nos lleva a una doble lección para nuestra vida diaria:
En primer lugar, una lección de humildad y paciencia con nosotros mismos. En el corazón de cada uno de nosotros conviven el trigo y la cizaña. Hay días en que somos trigo: generosos, orantes, amables, llenos de fe. Y hay días o parcelas de nuestra vida donde brota la cizaña: el egoísmo, la soberbia, el rencor o la pereza. El Señor nos pide hoy que no nos desanimemos al ver nuestras miserias. Él conoce nuestra debilidad. Como nos ha dicho San Pablo en la segunda lectura: «El Espíritu acude en ayuda de nuestra debilidad, porque nosotros no sabemos pedir como conviene». Dios nos mira con paciencia; aprendamos a mirarnos también con esa paciencia santa que nos permite levantarnos cada día.
En segundo lugar, una lección de misericordia con los demás. Si Dios es paciente conmigo, ¿quién soy yo para exigir la destrucción o la condena inmediata de mi hermano? El Libro de la Sabiduría nos dejaba una frase que deberíamos grabar en el alma: «Actuando así, enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser humano». Ser justo, a los ojos de Dios, no es ser un juez implacable. Ser justo es ser humano, compasivo, capaz de esperar y de dar segundas oportunidades.
Queridos hermanos, el final de la parábola nos recuerda que habrá una siega. El mal no tiene la última palabra; la justicia de Dios llegará a su tiempo. Pero mientras estemos en este mundo, el tiempo presente es el tiempo de la misericordia, el tiempo del crecimiento, el tiempo de la gracia.
No gastemos nuestras energías obsesionados con arrancar la cizaña ajena, señalando los errores de los demás o quejándonos de lo mal que está el mundo. Gastemos nuestras fuerzas en alimentar el trigo. Cuidemos la buena semilla que Dios ha puesto en nosotros: el amor en nuestras familias, la honestidad en el trabajo, la solidaridad con los que sufren y la fidelidad en la oración.
Pidámosle hoy a la Virgen María que nos conceda un corazón paciente como el de su Hijo Jesús, para que sepamos vivir en este mundo con esperanza, sabiendo que, al final, el trigo del Señor brillará como el sol en el Reino de su Padre.
Amén.


ORACIÓN DE LOS FIELES
Sacerdote o Presidente:
Dirijamos, hermanos, nuestra oración a Dios Padre, que nos gobierna con mucha indulgencia y conoce perfectamente nuestra debilidad, y pidámosle que escuche las súplicas de su pueblo.
A cada petición responderemos con fe:
R/. Señor, ten paciencia con nosotros y escúchanos.
  1. Por la Iglesia universal y por el Papa Francisco: Para que sea siempre un reflejo de la paciencia y la misericordia de Dios, un espacio abierto de acogida para todos y un campo donde el trigo de la fe crezca con fuerza. Roguemos al Señor.
    R/. Señor, ten paciencia con nosotros y escúchanos.
  2. Por los gobernantes y líderes de las naciones: Para que el Espíritu Santo les conceda sabiduría y prudencia, y para que en la búsqueda de la justicia sepan actuar con moderación, humanidad y respeto por la dignidad de cada persona. Roguemos al Señor.
    R/. Señor, ten paciencia con nosotros y escúchanos.
  3. Por todos los que sufren a causa de la injusticia, la guerra o la violencia: Para que encuentren en la comunidad cristiana un refugio de paz, y para que el Señor fortalezca su esperanza en que el bien triunfará finalmente sobre el mal. Roguemos al Señor.
    R/. Señor, ten paciencia con nosotros y escúchanos.
  4. Por los pecadores y por quienes viven alejados de la fe: Para que la paciencia amorosa de Dios toque sus corazones y aprovechen este tiempo de gracia y misericordia para experimentar el don de la conversión. Roguemos al Señor.
    R/. Señor, ten paciencia con nosotros y escúchanos.
  5. Por nuestra comunidad parroquial aquí reunida: Para que evitemos la tentación de juzgar o condenar a los demás, y dediquemos nuestras energías a cultivar las buenas obras, el amor familiar y la ayuda al prójimo. Roguemos al Señor.
    R/. Señor, ten paciencia con nosotros y escúchanos.
Sacerdote o Presidente:
Escucha, Padre, las oraciones que tu Espíritu Santo inspira hoy en nuestros corazones. Danos la gracia de ser pacientes como Tú y concédenos lo que con fe te hemos pedido. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.
Monición a la Comunión
Queridos hermanos:
Cristo, el Buen Sembrador, se nos ofrece ahora como alimento en el altar. Acercarse a comulgar es recibir la fuerza del Trigo Divino que purifica nuestras almas y debilita la cizaña del pecado en nosotros. Con un corazón agradecido por la paciencia que Dios nos tiene, nos acercamos a recibir la Santa Comunión.
Monición de Despedida
Hermanos:
Hemos celebrado el banquete del amor y de la misericordia. Volvemos a nuestros hogares, trabajos y ambientes con una misión clara: mirar a los demás con los ojos pacientes de Dios. Seamos constructores de paz, cuidemos el trigo que hay a nuestro alrededor y evitemos la tentación de juzgar. Que tengan un bendecido domingo en el Señor. Podéis ir en paz.



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