Caminar el laberinto con el corazón abierto
Querido/a amigo/a:
El duelo no es un camino recto; es, como bien sabes, un laberinto. Hay días en los que parece que avanzas hacia la salida y, de repente, una fecha, un olor o un recuerdo te devuelve al centro del dolor.
Si hoy te acompaña la rabia (con la vida, con los médicos, o incluso con Dios), no te castigues; la rabia es solo el escudo que usa tu amor herido para protegerse de la ausencia. Si te asalta la culpa, recuerda que es la trampa que inventa nuestra mente para intentar controlar lo que ya era inevitable. Si sientes alivio porque tu ser querido ya no sufre, no te sientas un traidor; el alivio es una reacción humana y compasiva. Y si hoy solo sientes un enorme vacío o anestesia, date permiso para descansar en ese silencio. No existen emociones malas en el duelo. Todas ellas son las piezas del mapa que necesitas transitar para sanar.
No estás loco/a, ni eres débil, ni te falta fe. Estás amando en la ausencia.
Mira a Jesús en el Huerto de los Olivos o ante la tumba de su amigo Lázaro. Él, siendo el Hijo de Dios, lloró, sintió angustia profunda y experimentó el peso del dolor. Dios no es ajeno a tu laberinto; Él no te mira desde fuera exigiendo que seas fuerte. Al contrario, está dentro del laberinto contigo, sosteniendo cada una de tus lágrimas y validando cada uno de tus suspiros.
Hoy te invitamos a soltar las exigencias externas y las máscaras. Deja que tus sentimientos salgan, ponles nombre, color y lugar en tu cuerpo. Pon tu dolor a los pies de la luz de Cristo y recuerda la promesa: aunque camines por cañadas oscuras, no vas solo. Date tiempo. Sé amable contigo mismo. Tu ritmo es el correcto.

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