Cuando el dolor de la pérdida golpea con fuerza, es normal que todo lo que creías seguro se tambalee. De repente, el mundo se vuelve un lugar extraño y el cielo parece haberse quedado en silencio. En esos días oscuros, es inevitable que surjan las preguntas: ¿Por qué a mí? ¿Por qué ahora? ¿Dónde está Dios cuando más lo necesito?
Queremos decirte algo con total claridad: no estás perdiendo la fe por sentirte así.
Dudar, llorar de impotencia, buscar respuestas e incluso sentir enfado con Dios no es un pecado ni una falta de confianza. Al contrario, es la reacción natural de un corazón herido que busca desesperadamente una explicación. Si miras la historia, hombres y mujeres de gran fe gritaron su dolor con crudeza. El mismo Jesús en la cruz experimentó el peso del abandono y preguntó en voz alta: «Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Dios no se asusta de tus preguntas, de tu rabia ni de tu tristeza. Él tiene la capacidad y el amor para sostener tu crisis.
A veces nos han enseñado la falsa idea de un Dios lejano que envía el sufrimiento como un castigo o una prueba de resistencia. Pero la realidad es otra. Dios no planeó tu dolor, no envió la enfermedad ni causó el accidente. El Dios en el que creemos es un Dios que sufre contigo. Es el Dios que lloró ante la tumba de su amigo Lázaro y que hoy se inclina ante tus lágrimas. Él no evita el dolor del mundo, sino que decide meterse en él para que no tengas que transitarlo a solas. Está contigo en el fondo del pozo, abrazándote en un silencio respetuoso y sagrado.
La esperanza que te proponemos hoy no es un analgésico rápido que va a borrar tu tristeza de golpe. Sería injusto pedirte que no sientas el vacío de la ausencia. El dolor del Viernes Santo y el silencio del Sábado Santo son reales y hay que habitarlos. Lo que la fe te ofrece es la certeza de que la muerte no tiene la última palabra. La Resurrección es el horizonte que te asegura que el amor que diste y recibiste no se destruye, solo se transforma. Nos promete que el final del camino no es la nada, sino la Vida y un reencuentro definitivo.
No te exijas tener una fe perfecta ni mantengas las apariencias. Si hoy solo tienes preguntas, quédate con ellas. Si hoy solo hay silencio, déjate abrazar por él. Estás en duelo, y Dios camina a tu ritmo, respetando tu tiempo, esperando el momento en que estés listo para volver a escuchar su voz.

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