El duelo es, en muchos sentidos, el invierno del alma. Un paisaje donde los árboles parecen desnudos y la vida se repliega hacia lo invisible, hacia una intimidad que a veces se confunde con el vacío. Cuando una ausencia tan profunda altera tu realidad, es completamente natural sentir un frío que ninguna palabra ajena logra calmar.
Es común que el entorno insista en que busques la primavera antes de tiempo. Te pedirán que salgas, que te distraigas, que dejes de mirar atrás. Sin embargo, el dolor necesita su propio invierno. Necesita el silencio para asimilar lo que ha cambiado, el llanto para limpiar la mirada y el recogimiento para ordenar los pedazos de una historia que ya no se escribirá en presente, sino en memoria.
No sientas la obligación de sanar de prisa para tranquilidad de los demás. Quien te quiere de verdad aprenderá a sentarse contigo en la penumbra, sin prisas por encender la luz. Tampoco te exijas uniformidad con los tuyos: en una misma casa, el invierno se vive de muchas formas. Unos prefieren palear la nieve con el trabajo diario, mientras otros necesitan contemplar la tormenta desde la ventana. Ambas formas son válidas, porque ambas son intentos de sobrevivir al impacto.
La meta del duelo no es olvidar, ni fingir que la herida nunca existió. La meta es llegar a un día en el que puedas pronunciar su nombre con más gratitud que dolor. Mientras ese día llega, honra tu proceso, respeta tu cansancio y recuerda que refugiarse en el propio misterio no es aislarse, es, simplemente, aprender a abrigarse.

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