Nos reunimos hoy para despedir a
nuestra hermana Mª Teresa, en un momento de dolor y esperanza.
La Palabra de Dios que hemos escuchado ilumina este trance, recordándonos que,
aunque la muerte física nos separe temporalmente, no tiene la última palabra.
Las lecturas de hoy nos ofrecen un mensaje de luz y de promesa.
- Primera Lectura: 2 Samuel 7, 18-19. 24-29. David, tras recibir las promesas de Dios a través de Natán, se presenta ante el Señor con humildad y gratitud, pidiendo que se cumpla la promesa de bendecir a su casa para siempre.
- Salmo Responsorial: Salmo 131. La respuesta es: "El Señor Dios le dará el trono de David, su padre".
- Evangelio: Marcos 4, 21-25. Jesús presenta la parábola de la lámpara, enseñando que la luz no se enciende para esconderla, sino para que ilumine a todos. También advierte que la medida con que midamos será la que se use con nosotros.
En la primera lectura, contemplamos la
oración de David, un hombre consciente de la fidelidad de Dios. David reconoce
la grandeza de Dios y la promesa de una descendencia y una casa eternas. Esta
promesa, que se cumple plenamente en Cristo, nos asegura que nuestra vida no
termina en el sepulcro. Dios es fiel a sus promesas, y su amor es un pacto
eterno que trasciende la muerte. Al igual que David confió en la misericordia
de Dios, nosotros hoy depositamos nuestra confianza en Él, sabiendo que Él nos
acoge en su morada eterna.
El Evangelio de Marcos nos presenta la
parábola de la lámpara: "Acaso se trae una lámpara para ponerla debajo de
un cajón o debajo de la cama? ¿No es más bien para colocarla sobre el candelero?".
Jesús nos recuerda que nada de lo que vivimos en la fe permanece oculto para
siempre. La luz de la vida de Teresa,
su amor, sus virtudes, su testimonio de fe, no se apagan con su partida. Esa
luz, encendida por el Bautismo, ahora resplandece plenamente ante Dios.
Para nosotros, que lloramos su ausencia,
estas palabras son un consuelo inmenso. El dolor es real, pero nuestra fe nos
dice que esta vida terrenal es solo el umbral de la vida verdadera, donde
"nada hay oculto que no deba manifestarse". El misterio de la muerte
se ilumina con la resurrección de Cristo.
Hoy, más que nunca, la vida y la muerte
de Teresa se convierten en una lámpara que ilumina nuestro
propio camino de fe. Nos invita a vivir con la misma esperanza, a preparar
nuestro corazón para el encuentro definitivo con el Señor.
Teresa ha completado su peregrinaje
terrenal. Ahora descansa en la paz que el mundo no puede dar, una paz prometida
a los justos y fieles. Roguemos al Señor para que le conceda la luz eterna y
para que su familia y seres queridos encuentren consuelo en la certeza de la
resurrección.
Que el Señor reciba a Teresa
en su Reino de luz y de paz. Amén.
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