Cada 21 de enero, la Iglesia celebra a Santa Inés de Roma, una de las mártires más jóvenes y luminosas del cristianismo. Su historia es breve en años, pero inmensa en fe, un testimonio que conmovió a la Iglesia desde los primeros siglos.
Inés nació en Roma, a finales del siglo III, en una familia cristiana. Desde muy pequeña consagró su vida a Cristo, prometiéndole pureza total y fidelidad absoluta. Tenía apenas 12 o 13 años cuando su fe fue puesta a prueba.
Su belleza y nobleza llamaron la atención de jóvenes paganos, entre ellos el hijo de un alto funcionario romano. Inés rechazó todos los matrimonios diciendo una frase que marcaría su destino:
“Tengo por esposo a Aquel a quien los ángeles sirven.”
Al saberse cristiana, fue denunciada durante la persecución del emperador Diocleciano. Intentaron quebrarla con amenazas, humillaciones y promesas… pero Inés no negó a Cristo.
Según la tradición, fue llevada a un lugar de deshonra, pero Dios la protegió milagrosamente, preservando su pureza. Finalmente, al no poder hacerla renunciar a su fe, fue martirizada, entregando su vida con una serenidad que asombró incluso a sus verdugos.
Santa Inés murió joven, pero su testimonio resonó con fuerza en la Iglesia. Desde entonces es símbolo de pureza, valentía y amor total a Cristo, y patrona de las jóvenes y de quienes desean vivir una fe limpia y firme.
Su nombre, Inés, evoca al cordero, imagen del sacrificio inocente… como ella, que siguió al Cordero de Dios hasta el final.
Santa Inés de Roma,
joven mártir y esposa fiel de Cristo,
enséñanos a amar a Dios sin reservas.
Danos un corazón puro,
una fe valiente
y la fortaleza para no renunciar nunca al Señor.
Que, como tú,
sepamos elegir a Cristo por encima de todo.
Amén.
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