miércoles, 2 de diciembre de 2015

Para comprender la cumbre del cambio climático en París



París vuelve a ser la capital del mundo después de los atentados del 13 de noviembre pasado, pero esta vez lo es por un evento internacional programado desde hace tiempo, es decir el inicio de la Cop21, la Conferencia mundial sobre el clima y el medioambiente,que según los deseos de muchos, debería marcar un parteaguas a favor de una reducción neta de las emisiones que contaminan. En este frente, como se sabe, la Iglesia está muy comprometida; la Santa Sede trabaja para un acuerdo final capaz de comprometer a los gobiernos, empezando por los de los países más ricos e industrializados, pero también a las potencias emergentes. El objetivo es que hagan un cambio virtuoso.


La «Laudato si’» como motor de la movilización eclesial

Por otra parte, para la Iglesia el punto de referencia obligado es la «Laudado si’», la encíclica de Papa Francisco dedicada a la defensa de la Creación y a la relación entre el medioambiente, el nuevo modelo de desarrollo y la pobreza en una visión cristiana, partiendo del Cántico franciscano. Mientras tanto, hace algunos días, el cardenal Claudio Hummes entregó al gobierno francés y a los delegados de la Cop21 una petición con cientos de miles de firmas de 130 diferentes países del mundo; en el texto se pide una disminución de las emisiones de anhídrido carbónico, la creación de un programa que lleve a la superación del uso de combustibles fósiles, la absoluta «descarbonización» del planeta antes de 2050. EL texto fue firmado también por el cardenal Peter Turkson, presidente del Pontificio Consejo Justicia y Paz, por el cardenal Luis Antonio Tagle, arzobispo de Manila y presidente de la Cáritas Internationalis, y por el mismo Pontífice. Mientras tanto, el cardenal Turkson invitó a todos los obispos del mundo a promover iniciativas y momentos de reflexión, celebraciones religiosas, sobre los temas del medioambiente, de la defensa de la Creación y sobre el calentamiento global.


La acción diplomacia de la Santa Sede

Si este es el nivel de la movilización global, hay otro nivel más institucional. La Santa Sede trata de jugar un papel importante en París mediante la diplomacia, convirtiéndose en uno de los puntos de referencia para los países que sufren más que otros, desde África hasta Oceanía, pasando por América Latina, las consecuencias del cambio climático. Explicó el aporte del Vaticano en el proceso que llevó a la programación de la Conferencia de París mons. Paul Gallagher, «ministro del Exterior» vaticano. Durante un reciente encuentro promovido por el Pontificio Consejo para la Salud sobre el tema de la acogida de l hombre y del planeta, el Secretario para las relaciones con los estados indicó las dos direcciones de la acción de la Iglesia: «Por una parte, mediante el aporte directo a las negociaciones en curso por parte de la Santa Sede durante los diferentes encuentros de trabajo del grupo de la Convención encargado de negociar el acuerdo que será adoptado en París». Y también mediante «las diferentes actividades de reflexión y profundización de la Santa Sede en tal ámbito» e impulsando «a los organismos de la Iglesia católica a aportar» contenidos y propuestas concretas.

A nivel diplomático, explicó Gallagher, la estrategia del Vaticano puede ser resumida en tres puntos: «Anclar el acuerdo a una clara dirección ética; promover que se consigan tres objetivos entre sí relacionados: atenuar el impacto del cambio climático, contrarrestar la pobreza y hacer florecer la dignidad humana», y «mantener la mirada fija en el futuro». Este último objetivo prevé sucesivas verificaciones del proceso de los compromisos asumidos y un seguimiento transparente de los mismos; al mismo tiempo, el acuerdo alcanzado deberá ser adoptado también por las poblaciones locales, por lo que será necesario poner en marcha procesos de participación local, empezando por las poblaciones indígenas.


COP21: 6 preguntas para entender por qué es tan importante la cumbre del cambio climático en París (Fuente: Matt McGrath - BBC)

 
¿Para qué es la conferencia?
Al grano, los gobiernos del mundo ya se comprometieron a recortar las actividades humanas que liberan gases de efecto invernadero, como la quema de combustibles fósiles.
Pero esa no es la solución al problema.
La dificultad está en conseguir que 195 países acuerden cómo lidiar con el asunto del cambio climático.
Cada año, desde 1992, se celebra la conferencia de las partes con los negociadores tratando de componer un plan práctico.
Este año, en París, es la última oportunidad para este proceso. Los negociadores dispusieron en 2011 que el acuerdo definitivo debía adoptarse antes del fin de 2015.
Los críticos dicen que el problema del cambio climático no será tan urgente cuando se toman 20 años para acordar una solución.
Pero los defensores de las cumbres argumentan que tomarse tanto tiempo es necesario porque las decisiones se adoptan por consenso en el sentido de que no hay nada acordado hasta que todo ha sido acordado.
Las partes creen que, a pesar de esta enorme limitación, es la mejor manera de garantizar un resultado justo: todos compartimos el planeta, así que todos deberíamos tener una voz con el mismo peso respecto a su futuro.

¿Por qué tiene un nombre tan extraño?
COP21 es la forma abreviada del inglés para la vigésimoprimera Conferencia de las Partes de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre Cambio Climático.
Este larguísimo título fue creado en la cumbre celebrada en 1992 en la brasileña Río de Janeiro, donde por primera vez se reunieron los países preocupados por el cambio climático.
Allí se acordó una convención que entró en vigor en 1994 y que ha sido suscrita por 195 países.
La clave del acuerdo está en la "estabilización de los gases de efecto invernadero en la atmósfera a un nivel que evite la interferencia humana dañina en el sistema climático".

¿Quién asistirá?
Se espera que unas 40.000 personas de todo el mundo lleguen a la cumbre en las dos semanas que dura.
Una gran parte son delegados de los gobiernos, sobre todo funcionarios. Dependiendo del caso, van desde equipos de dos personas a varios cientos en el caso de los países más ricos.
Hay muchos lobistas y representantes de empresas, de la industria y la agricultura. También de grupos ambientalistas.
Los líderes políticos también se harán presentes, aunque sólo por un día. Su papel será dar discursos e impulsar el trabajo de sus negociadores hacia un compromiso efectivo.
Entre los representantes estatales destacan los ministros de Medio Ambiente, que también llegarán al final de las negociaciones para darle forma al acuerdo definitivo.

¿Qué esperan conseguir?
Piensa en todo lo que te rodea: el teléfono o computadora en que estás leyendo esto, lo que comes, la ropa que vistes…
Casi todo lo que ves, tocas o sientes ha sido cultivado, construido, transportado usando energía que viene de combustibles fósiles.
Han sido de enorme utilidad para el desarrollo de la humanidad, permitieron la industrialización, el desarrollo, sacar a millones de la pobreza.
Pero está bien documentado que el dióxido de carbono que se genera tiene un efecto invernadero; es decir, atrapa el calor en la superficie del planeta.
Según los científicos, es impredecible el impacto que tendrá en el clima el hecho de que la media de la temperatura de la Tierra supere 2 ºC la de los tiempos previos a la industrialización.
Y estamos ya a medio camino de ese peligroso punto.
Así que el propósito de París es trabajar una manera de limitar las emisiones de esos gases, mientras se permite que los países puedan seguir creciendo y se le ofrezca ayuda a los menos desarrollados y más afectados por la subida de las temperaturas.
¿Simple? Es probablemente el acuerdo de cooperación más ambicioso jamás planteado.

¿Cuáles son los puntos de desacuerdo?
El destino final es un mundo donde las temperaturas no suban más de 2 ºC por encima del nivel en que estaban entre 1850 y 1899.
Esa es la aspiración de largo plazo que ya se ha pactado.
Pero hay graves diferencias sobre cómo alcanzarlo. Los países en desarrollo dicen que quieren el derecho a seguir quemando petróleo y carbón hasta que terminen con la pobreza.
Argumentan que ahora es su turno, pues los ricos han tenido acceso sin restricciones a los combustibles fósiles por dos siglos.
Así que el acuerdo de París requiere encontrar un balance entre la necesidad de recortar esos gases con el derecho a usarlos.
La cuestión de quién paga es también crucial.
¿Quién va a asumir el coste de la transición a las energías renovables para los países que no se lo pueden permitir?
¿Quién va a poner dinero para ayudar a los países pobres a adaptarse a la subida de los niveles del mar y a las sequías y olas de calor?
¿Pueden los países que sufran el impacto del cambio climático en el futuro poner demandas legales contra los que consideren responsables?
Estas son algunas de las cuestiones más complicadas que están por responderse. Pero sobre todo está el asunto de la justicia.
Los países más ricos dicen que el mundo ha cambiado desde que se iniciaron las conferencias en 1992.
Entonces, el mundo estaba dividido entre países desarrollados y los que estaban en desarrollo, tomando como medida los ingresos del país.
Pero esta división ya no es necesariamente vigente, pues están las economías emergentes que pueden también arrimar el hombro en los crecientes costos del cambio climático en el futuro.

¿Servirá para algo?
La diferencia que puede hacer la cumbre es potencialmente enorme.
En los años 80, los científicos descubrieron el agujero en la capa de ozono y el acuerdo alcanzado en Montreal, Canadá, estableció la manera de atajar el problema.
Rápidamente, el mundo dejó de usar los destructivos gases que causaron el problema y en la actualidad el agujero se está cerrando.
El cambio climático requiere un método similar, pero a una escala mucho mayor.
Un acuerdo ambicioso en París limitaría los gases de efecto invernadero y pondría al mundo en el camino hacia la reducción del impacto del cambio climático.
Pero la realidad de la política y las negociaciones hace que probablemente se trate de un acuerdo de compromiso.
Entonces, con el tiempo, los negociadores podrán fortalecer el acuerdo y hacerlo más ambicioso.
La esperanza no está perdida. Basta ver lo lejos que ha llegado la humanidad simplemente con la iteración y reiteración de las ideas hasta que se convierten en algo mejor.
Un ejemplo, los teléfonos inteligentes e internet.
Así que pese al potencial de fracaso y lo probable de un compromiso algo desordenado, un resultado en la cumbre de París, sea débil o robusto, es que va a estar en el corazón de todo lo que intentemos en el futuro.
Y ese será uno de los grandes logros de la humanidad.

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