miércoles, 26 de mayo de 2021

EL MANANTIAL DE LA VIDA.

 Texto del Evangelio (Jn 17,20-26): En aquel tiempo, Jesús, alzando los ojos al cielo, dijo: «Padre santo, no ruego sólo por éstos, sino también por aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mí, para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno: yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectamente uno, y el mundo conozca que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí.


»Padre, los que tú me has dado, quiero que donde yo esté estén también conmigo, para que contemplen mi gloria, la que me has dado, porque me has amado antes de la creación del mundo. Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te he conocido y éstos han conocido que tú me has enviado. Yo les he dado a conocer tu Nombre y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que tú me has amado esté en ellos y yo en ellos».



«Que ellos también sean uno en nosotros»

Fr. Zacharias MATTAM SDB(Bangalore, India)

Hoy, en este Evangelio correspondiente a la fiesta de san Felipe Neri, Jesús pide al Padre el don de la unidad para sus seguidores: «Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros» (Jn 17,21). Esta unidad de los creyentes por la cual Jesús reza no es simplemente una especie de comunión o amistad entre ellos, sino una unidad que es el reflejo de la unidad de las Tres Divinas Personas: «Que ellos sean uno, así como nosotros somos uno».

Pero, ¿es posible esta unidad? ¿Podemos ser nosotros uno como el Padre y el Hijo son uno? Sí, pues de otro modo Jesús no habría rezado por esta intención. Eso es posible porque el mismo Espíritu Santo, que “hace” que el Padre y el Hijo sean uno, nos es dado para crear nuestra unidad. San Pablo dice que cada uno de nosotros que fue bautizado también ha sido revestido de Cristo (cf. Gal 3,27). El Espíritu hace caer todas las barreras que existen entre nosotros: barreras de nacionalidad, raza, cultura, lengua, estatus, posesiones… Cuando esto ocurre, el mundo —sorprendido por este milagro— proclama (como en la primitiva Iglesia), «mirad cómo se aman unos a otros» y creerán en Jesucristo.

San Felipe Neri recibió en su corazón este amor de Cristo y lo comunicó a cada uno con los que se encontró: a los enfermos en los hospitales, a la gente con la que se topó en las calles, en los comercios y en los lugares de trabajo... Diariamente, un promedio de 40 trabajadores fueron a su encuentro para confesarse mientras iban de camino a su trabajo, antes del amanecer. Varios cardenales, obispos y sacerdotes e incontables laicos fueron regularmente sus penitentes. Su corazón estaba siempre lleno de la alegría de Cristo y la comunicó especialmente a los jóvenes, para los cuales organizó juegos: «Alegraos en el Señor, os lo repito, estad alegres» (Fil 4,4). Siguiendo el ejemplo de san Felipe Neri, decidámonos a llevar este amor a todos con los que nos encontremos a lo largo del camino.

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