La Solemnidad de la Sagrada Familia de Jesús, María y José nos invita a contemplar el misterio de Dios que quiso nacer y crecer en el seno de una familia humana. En Nazaret, el Hijo de Dios aprendió a hablar, a trabajar, a obedecer y a amar, santificando la vida cotidiana y mostrando que la familia es el primer lugar donde se vive y se transmite la fe.
Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, creció bajo el cuidado amoroso de María y la protección silenciosa de San José. Allí no hubo riquezas ni honores, pero sí obediencia, humildad, trabajo, oración y amor fiel. La Sagrada Familia no fue una familia perfecta según los criterios del mundo, pero sí fue plenamente entregada a la voluntad de Dios.
Esta solemnidad nos recuerda que la familia es un don sagrado, amenazado hoy por muchas dificultades, pero también llamado a ser Iglesia doméstica, lugar donde se aprende a amar, a perdonar, a servir y a confiar en Dios incluso en medio de las pruebas.
Mirar a la Sagrada Familia es descubrir que la santidad no se vive solo en grandes gestas, sino en lo simple: en el hogar, en el trabajo diario, en la paciencia, en el silencio y en el amor ofrecido cada día.
Que Jesús, María y José nos enseñen a construir hogares donde reine la fe, la paz y la presencia viva de Dios.
Sagrada Familia de Nazaret,
Jesús, María y José,
miren con amor a nuestras familias.
Entren en nuestros hogares, en nuestras heridas y en nuestras luchas cotidianas.
Enséñennos a amar cuando cuesta, a perdonar cuando duele y a confiar cuando falta la esperanza.
Que en cada casa reine la fe, el respeto y la paz.
Que nunca nos falte la presencia de Dios,
y que, siguiendo su ejemplo,
nuestros hogares se conviertan en pequeños cenáculos de amor verdadero.
Amén.
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