La Mano que nos Levanta hacia la Eternidad
Introducción Queridos familiares, amigos y hermanos en la fe: nos reunimos hoy con el corazón cargado por la partida de [Nombre del difunto/a]. En momentos así, las palabras humanas a veces parecen pequeñas frente al misterio del silencio y la ausencia. Sin embargo, la Palabra de Dios que hemos escuchado este 14 de enero no es una coincidencia; es una caricia de esperanza que el Señor nos envía hoy mismo.
1. Un Dios que comparte nuestra fragilidad La primera lectura de la carta a los Hebreos nos ha recordado algo fundamental: Jesús no se quedó en la distancia de su gloria. Él "tenía que parecerse en todo a sus hermanos". ¿Por qué hizo esto? Para poder ser un Sumo Sacerdote compasivo.
Hoy, mientras lloramos, no adoramos a un Dios ajeno al dolor. Adoramos a un Dios que tuvo sed, que lloró ante la tumba de su amigo Lázaro y que sintió el frío de la muerte. Al hacerse de "carne y sangre", Jesús santificó nuestra propia humanidad. Eso significa que [Nombre] no transitó solo el camino de su enfermedad o de su partida; Cristo iba a su lado, compartiendo su debilidad para infundirle su fuerza.
2. "La tomó de la mano y la levantó" El Evangelio de Marcos nos regala una imagen poderosa: Jesús entra en la casa de Simón y encuentra a una mujer postrada por la fiebre. Dice el texto que Jesús "se acercó, la tomó de la mano y la levantó".
En la liturgia, este gesto de "levantar" es el mismo término que se usa para hablar de la Resurrección. En este funeral, esa es nuestra certeza más firme: que en el último suspiro de [Nombre], el Señor se acercó a su lecho, lo/la tomó de la mano con la misma ternura que a la suegra de Pedro, y lo/la levantó. La muerte no es una caída al vacío, es ser levantado por las manos de Dios hacia una vida donde ya no hay fiebre, ni dolor, ni cansancio.
3. El legado del servicio y el silencio El Evangelio termina mostrándonos a Jesús retirándose a un lugar solitario para orar. En el bullicio del dolor y de los trámites de estos días, el Señor nos invita también a nosotros a ese "lugar solitario" del corazón. Allí es donde podemos dar gracias por la vida de [Nombre].
Recordamos su servicio, sus luchas y su amor. Así como la mujer del Evangelio, una vez sanada, "se puso a servirles", la vida de nuestro hermano/a ha sido un servicio para quienes le conocieron. Ese amor que sembró en ustedes no muere con el cuerpo; es una semilla que ahora florece en la presencia del Padre.
Conclusión No nos despedimos de alguien que se ha perdido en la nada. Nos despedimos de alguien que ha sido auxiliado por aquel que, como dice Hebreos, vino a "liberar a los que por miedo a la muerte pasaban la vida entera como esclavos".
[Nombre] ya no es esclavo de la muerte, porque Cristo ha vencido. Que la Virgen María, que permaneció al pie de la Cruz y conoció la alegría de la Resurrección, los abrace en este duelo y les de la paz.
Que el alma de [Nombre] y la de todos los fieles difuntos, por la misericordia de Dios, descansen en paz. Amén.
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