Cada 17 de enero, la Iglesia celebra a San Antonio Abad, uno de los grandes pilares de la vida monástica y ejemplo luminoso de combate espiritual. Su figura atraviesa los siglos como la del hombre que lo dejó todo para seguir a Cristo en el desierto, enfrentando las tentaciones del mundo y del enemigo con la fuerza de la fe.
San Antonio nació en Egipto, alrededor del año 251, en una familia acomodada. Siendo joven, escuchó en la iglesia las palabras del Evangelio:
"Si quieres ser perfecto, vende lo que tienes, dalo a los pobres y sígueme."
Aquella frase cambió su vida para siempre.
Antonio repartió sus bienes, confió el cuidado de su hermana a una comunidad cristiana y se retiró al desierto. Allí comenzó una vida de oración, ayuno y silencio, buscando solo a Dios. Pero el desierto no estaba vacío: fue el lugar donde libró intensas batallas espirituales, soportando tentaciones, visiones y ataques del demonio.
Lejos de huir, Antonio permaneció firme. Su fe creció, su fama se extendió, y muchos comenzaron a buscarlo como padre espiritual. Sin proponérselo, se convirtió en el padre del monacato cristiano, inspirando comunidades que buscaban vivir el Evangelio con radicalidad.
Amén.
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